Por Helga Fernández

Variaciones es la nueva colección de Ediciones Kliné. Editorial que, en consecuencia con que una serie cuenta a partir del tercero, publica sus  tres  primeros números: La práctica del análisis, La perversión y sus derivas, ambos de Norberto Ferreyra, y, Jugoeljuego, de Clelia Conde. Libros que, en tanto el objeto que son, portan la particularidad de ser pequeños, bellos y que llaman a la mirada.

Me tomo el atrevimiento de suponer que el nombre que lleva la Colección podría ser el hilo que otorga un criterio de reunión entre cada uno de los libros que la componen. Dado que ninguna de las notas de edición lo explícita, este atrevimiento es tanto una excusa que brinda la amplitud de comentar tres libros en una única reseña como la oportunidad de reflexionar sobre el rasgo común que, entiendo, se lee en ellos.

Variación:

– dícese de la acción y el efecto de variar;

– modificación estructural, morfológica o fisiológica en los caracteres de la descendencia con respecto a sus progenitores.;

– en términos musicales, consiste en una modificación de los elementos secundarios de un tema melódico, ya sea sustituyendo la nota original por un grupo de notas de menor duración, cambiando el ritmo de la melodía, o incluyendo un ritmo contrapuntístico. Más allá de estas modificaciones, la condición es que el tema original se mantenga;.

– relación entre dos variables de manera que los valores de ambas aumentan o disminuyen al mismo tiempo y a una razón constante.

 

Pero, aquello que indicaría el nombre de la colección y su supuesta función de hilo conector, ¿está representado en alguna de las acepciones mencionadas? Dejemos en suspenso la pregunta y, —aunque no hay reseña que sustituya la lectura—, acompáñenme a construir una panorámica que sopese la densidad de los libros que componen la colección.

Comencemos por los dos de Ferreyra. Antes, un comentario: el autor tiene un estilo claro, lógico y sencillo pero, a la vez,  con cierta dificultad que no es la de lo difícil o complejo, sino la que impone  leerlo  hallando  la dimensión en la que su decir se escucha. Lo que me recuerda esa clase de imágenes, llamadas 3D, que están plasmadas en el ancho y en el largo pero de acuerdo a cómo se miren surge de ellas, casi de sopetón, una profundidad que a simple vista no estaba dada. Para lograr este efecto se hace necesario implementar una u otra técnica: mirar con un ojo una cosa y con otro, otra, o mirar como si lo hiciéramos a través de un espejo o de un vidrio, en tanto no es ni el uno ni el otro en sí a donde dirigimos la mirada sino a través o más allá de ellos. Y si bien no contamos con técnica alguna para abrir el oído a la dimensión en la que Ferreyra dice,  creo que para esto nada mejor que contar con que el estilo del autor invita a ser escuchado más que leído, en el sentido vulgar del término. Lo que quiero dar a entender es que leer el decir  de Norberto Ferreyra supone la condición de escuchar las dimensiones bajo las que habla: la poética y la lógica, sin que una contradiga a la otra, y, hasta por momentos, se reúnan e intercambien.

La perversión y sus derivas:

En este libro Ferreyra trata la cuestión de la perversión desde una posición enunciativa que, a pesar de lo difícil y comprometido del tema, no roza siquiera una moral o una ideología.  El libro se compone, en sus tres primeros capítulos, a partir de la respuesta ante la pregunta: la perversión ¿estructura, método o invención?

Así, se desarrolla la perversión como:

– estructura, en tanto algo de la misma  es inherente a la conformación del fantasma y al deseo, porque el deseo guarda relación con la perversión sin que por eso sea perverso;

– método, en tanto estrategia ante la castración, en la cual el perverso no trata de ser el Uno del Otro como en la neurosis, sino de hacer de aquello que le falta al Otro, es decir, lo que hace agujero en el Otro y da lugar al objeto, ya sea porque lo tiene en la mano, como el látigo, o porque él mismo se hace objeto en relación con la falta en el Otro;.

– invención, en tanto la posición respecto del fantasma, como la existencia del sujeto en relación con el deseo, está vinculada con la función paterna y, entonces, con sus versiones (pere-versión). Versiones que implican una ficción con las que el sujeto inventa una manera, un modo o un estilo de relación con la castración, más allá del padre, que es lo mismo que decir no en relación con el padre sino con el objeto causa. Después de pasar revista por alguna de las trescientas veces que Lacan habla de la perversión  a lo largo de su enseñanza, Ferreyra arriba a las formulaciones más avanzadas donde se presenta a la perversión, justamente, como las versiones del padre.  Así , esclarece uno de los modos de tal invención: la relación entre el saber y el poder, mediante la que el perverso intenta tapar la falta en el Otro en el universo simbólico, lográndolo, aunque no sin fallas.

¿Cómo se ubica el sujeto frente a la castración al modo de la neurosis?; ¿cuál es la diferencia con la estrategia perversa?; ¿por qué es necesaria la perversión?; ¿qué le ofrece el perverso al incrédulo y qué en el lazo social?; ¿en qué reside la fe del perverso que es la única que se puede vender en el lazo social?, son algunos de los interrogantes que articula el autor.

El cuarto  capítulo de este libro  desarrolla  la posibilidad que brinda la angustia de advertir y subjetivar algo del objeto que el sujeto fue o es, de manera que la seguridad de la misma deja como corolario: el síntoma, como una manera de hacer algo con la angustia, y el traumatizarse para elaborar el trauma a través de la dimensión del amor, en relación con excitación pulsional.

El quinto y último capítulo  expone la posición del autor frente a la actualidad política en la Argentina. Aquí Ferreyra nombra una política de derecha cuando su objetivo final es hacer callar al otro mediante la tortura, el asesinato o la muerte en varias de sus formas: hambre, salud, tortura moral, segregación, exterminio. Y, lo que es más interesante todavía, relaciona la conjunción entre saber y poder como método e invención de la perversión —expuesta en los primeros capítulos— en su relación con la política de Estado.

La práctica del análisis:

Libro en el que Ferreyra, refiere estricta y exclusivamente a la práctica del análisis y, entonces, a la clínica. Para ello, habla de la experiencia misma, sin sostenerse del “caso clínico”, de modo que en los dos primeros trabajos, desarrolla cómo entiende un análisis y las  condiciones para que éste tenga lugar. “¿La experiencia del análisis es una experiencia subjetiva u objetiva?”; […] “¿Hay alguien que experimenta esa experiencia’?; si hay alguien que hace la experiencia del análisis, ¿es el sujeto de la misma?, se pregunta y nos pregunta el autor.

“Los fracasos del analista”, el tercer capítulo,  parte de la idea de que, si bien el analista es  dos  —el que escucha en la sesión de análisis y el que elabora la experiencia—, lo que pasa del psicoanálisis no se transmite como analista, sino que es  por haber estado en la posición de analista en un análisis que alguien podrá transmitir como analizante.  A partir de estas dos posiciones, considera los “fracasos del analista”, para lo que  no sólo tiene en cuenta los efectos terapéuticos —ya que perfectamente el éxito puede implicar el fracaso del analista— sino, fundamentalmente,  la posibilidad o no de hacer pasar el psicoanálisis.

En el cuarto capítulo el Ferreyra desarrolla la forma bajo la cual  se presenta y toma existencia el tiempo en un  análisis. El tiempo al que se refiere es al tiempo lógico, en tanto se hace modal en relación con un decir y en donde, por este decir, el inconsciente toma la dimensión del tiempo como falta, más específicamente como “falta el tiempo”. Falta el tiempo supone que el tiempo se hace con la falta, porque la falta —dice Ferreyra—   es aquello de lo que está compuesto,  su estofa.

El quinto trabajo  sitúa la clínica como lo que es dicho bajo la regla fundamental,: la asociación libre. A partir de lo que el analizante será aquel que habla y el analista, por escucharlo, será el  que está  en la posición de tal. Norberto Ferreyra aquí explícita un hecho básico, fundamental, vale decir, estructural de la experiencia: el acto del analista consiste en producir el acto del decir y hacer que se real-ice por quien habla el pasaje de ser hablado a situarse como sujeto de lo que dijo. Por esta razón, el texto prosigue bajo el planteo de que el sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia, sólo que en  uno y en la otra se encuentra en otras condiciones de existencia y de presentación. De esta manera  la ciencia forcluye al sujeto barrado, dividido y exige en su lugar uno indivisible, Uno. Esta unidad  favorece las clasificaciones a los fines de que la política manipule la productividad y la reproducción de los seres hablantes. El autor arriesga y apuesta una posible alternativa ante esta política, a través del discurso del psicoanálisis.

“¿Dónde ocurre el análisis?”, el sexto y último texto, despliega el hecho de que el análisis transcurre en una dimensión que es tres , a causa de un imaginario que no es del espejo sino el que está en el nudo, RSI. Pero si la consistencia del nudo es real, entonces estrictamente el análisis transcurre entre tal imaginario y tal real.

Juegoeljuego:

Un libro de Clelia Conde en donde no hay frases hechas, en el sentido de que en  el entramado de sus textos es posible encontrar invención. Invención que se anuncia ya desde cierta conformación lúdica del título del libro y de los capítulos, que considera la antecedencia y que construye, de acuerdo y en consecuencia, a su experiencia. Recorriendo sus páginas uno se encuentra con que está dicho, tanto explícitamente como en acto, que el juego es cosa seria.  Más aún, se tiene la impresión de que el libro en sí mismo está hecho  bajo las mismas reglas y modo de constitución que eso acerca de lo que comparte y transmite: el juego; como si en algún sitio de lo que aquí es dicho quedara grabada la rúbrica de origen: el análisis con niños. Me atrevo a decir que así como el dibujo que inicia la publicación muestra a la mirada el aparato  que produce al juego,  jugando, el libro en sí está hecho con el mismo e ingenioso aparato.

En el primer capítulo, la autora aclara que comprender el juego es el requisito para poner en función la abstinencia,  la que da lugar a una  privación que permite la lectura. Desde esta afirmación, que hace a la estructura del quehacer de un analista, comienza a desplegar qué puede considerarse un juego, qué es jugar, cómo se llega a hacerlo e, incluso, si el analista de niños se deja tomar por el juego o es necesaria cierta distancia que permita “ver qué pasa”.

Tal y como lo afirma Clelia Conde, jugar no es fácil. De esto se desprende que estar en el lugar del analista de niños comporta otras maneras de dificultad que las que podrían considerarse en el análisis con adultos.  La autora comparte y transmite algunas  claves de la cuestión al modo de explicitar ciertas equivalencias entre el juego y lo que podría llamarse —sólo a los fines del entendimiento— el hablar de un adulto. Por ejemplo, bajo qué condiciones del juego se encuentra la equivalencia con la regla fundamental, cómo se le dice al niño desde el juego mismo que allí, en el tiempo y en el espacio del análisis, “la palabra tiene otra dimensión” y  cómo también: “estoy acá para escucharte”.

En el segundo capítulo, “Deudas de juego”, Conde interroga: ¿Qué sucede a nivel lógico cuando un niño es incapaz de jugar? Para contestar, se remonta a un tiempo lógico anterior y al   recorrido de sus momentos, aunque, claro, el mismo podría detenerse o verse obstaculizado en alguno de ellos. Para dar cuenta de tales momentos lógicos la autora se vale de nociones matemáticas, de la teoría de los conjuntos y de la lógica  de clases, del concepto de potlatch, de Marcel Mauss y, sobre todo, de su experiencia clínica, la cual ejemplifica cada una de las operaciones psíquicas en función o no, necesarias para que un juego se ponga en acto.

Entre “El juego imposible” y “Final del Juego”, el tercero y el cuarto capítulo, la autora explicita la necesidad de la articulación de la deuda simbólica y, entonces, de la apuesta, para que el juego sea posible y cómo, por ejemplo, en la reacción terapeútica negativa supone que tal articulación no está en juego, por lo que  el juego mismo queda impedido.

En “La jirafa arrugada”, el anteúltimo y quinto texto, se trabaja la correlación entre las operaciones constitutivas del sujeto, que el niño realiza a través del juego,  y el dibujo. Para lo cual se trae desde lejos, aunque se demuestra que desde cerca, el origami, el arte japonés del plegado del papel. Se trata de una técnica que, junto a las palabras de Lacan: “Nuestra hoja de papel no sabemos lo que es. Sabemos lo que el corte, aquel que lo ha trazado está suspendido de su efecto”), ejemplifica en forma muy ilustrativa esta relación.

Ya en el último texto, titulado “El juego invisible”, Clelia Conde se refiere a la función de la transferencia en el análisis con niños, para lo cual —como se alude desde el  título— relaciona la misma con la función escópica, dad que la pulsión escópica —escribe la autora— es la más cercana al deseo porque no querer saber es homólogo al no querer ver, propio del rechazo a la castración.

La colección:

Una vez hecha la reseña de cada uno de los libros, creo que estamos en condiciones de retomar  la pregunta que había quedado en suspenso: ¿qué podría indicar el nombre de la colección, Variaciones, acerca de lo que conecta y relaciona a estos libros?  ¿A cuál o a cuáles de las definiciones mencionadas refiere en este caso la palabra Variaciones?

Más allá del diccionario y de las diferentes posibilidades que nos otorga la genética, la música y/o la matemática para una posible acepción de la palabra en cuestión, considero pertinente recurrir, para arriesgar una respuesta, al discurso del psicoanálisis.

Lacan en Variantes de la cura tipo, cuestiona ese título. Por un lado, por el riesgo de que el psicoanálisis quede reducido exclusivamente a una terapéutica y, por otro lado, porque la idea de un stándard para el psicoanálisis sería en sí una anulación del mismo. Por lo que, con la ironía que lo caracteriza, afirma: “Un psicoanálisis, tipo o no, es la cura que se espera de un psicoanalista”. Entonces, si esto es cierto, vale la pena traer hasta aquí que Lacan se aboca al estudio de las “variaciones” de los analistas a propósito del análisis y a lo largo de su historia. Para lo que no tenemos más que dirigirnos al octavo de los Principios rectores del acto analítico, presentados en el marco de la Asamblea de la AMP del 2006 en Roma: “La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso”. Así, en cada circunstancia, el psicoanálisis y el psicoanalista producen su variación.

Cito dos párrafos  de los dos autores de estos tres libros que, entiendo,  ejemplifican de  manera privilegiada el hecho de que la definición de analista es la variación misma,  a la vez que  terminan de decir,  a través de su voz,  lo que estoy queriendo concluir.

“Hay frases tales como ““uno aprende de sus fracasos”” o ““el fracaso es una cuestión de éxito””, frases lindas que sirven para sostenerse, pero qué quiere decir el fracaso del analista en relación con que sólo como analizante transmite el psicoanálisis.”  “Si el psicoanalista fuera o representara, si se autorizara como médico, filósofo, psicólogo, escritor o con cualquier título universitario, estaría “hecho” de algo que en términos de representación tiene éxito, pero entonces no habría, cada vez, fracaso del analista para pasar a analizante y así transmitir el psicoanálisis”, dice, por ejemplo, Norberto Ferreyra.

Mientras que Clelia Conde desarrolla: “En este libro, donde realizo algunas puntuaciones sobre el análisis de niños, habrá cuestiones lógicas y comentarios prácticos, entiendo que para lo cual la transmisión de la experiencia tiene el valor de ser un apoyo para la propia inventiva.”

Así, considerando que estos dos párrafos son dos modos de decir que el analista es al menos dos, el que ocupa el lugar de tal en la experiencia y el que, en posición analizante, transmite y a la vez inventa algo de la misma.

Y que los tres libros dicen a cada paso, letra por letra, espacio tras espacio, acerca de la transmisión de la experiencia del análisis, concluyo, por fin, una posible respuesta, parafraseando la definición otorgada por la música y considerando la aportada por Lacan. Variaciones, en este caso, podría referirse a “la modificación de ciertos elementos, cambiando el ritmo de la melodía, o incluyendo un ritmo contrapuntístico”, de la transmisión de la experiencia del análisis. Pero, la condición indispensable, más allá de estas modificaciones, es que en el caso de las Variaciones que hacen al analista mismo, a diferencia de las musicales, no haya  tema o modelo original que se mantenga. Por lo que, tal vez, lo mejor sea considerar el consejo

 

Reseña publicada en Lapsus Calami n° 4, Traducción en psicoanálisis. Colección Convergencia, Movimiento Lacaniano por Psicoanálisis Freudiano. Ed. Letra Viva.