Traducir no es un simple pasaje de una lengua a otra. No por lo menos para el psicoanálisis ni para estudiosos de la lengua como es el caso de Nurith Aviv. En tanto la lengua es el lugar desde donde el sujeto habla, otras operaciones serán necesarias, y tendrá que ver con la situación del deseo para ese sujeto.

Nurith Aviv realiza un trabajo con un decidido interés por investigar las incidencias del hebreo, del yidish y de la combinación de ambos para un colectivo de estudiosos de la lengua, en sus distintas versiones. En ambos films, Traduire y Lengua sagrada lengua hablada, nos invita a un recorrido rico en variedades y matices que nos introduce como recién venidos al lenguaje, que siempre resulta un encuentro con el trauma.

En la primera traducción de la Biblia hebrea, el Talmud -es el texto principal del judaísmo rabínico, y constituye la tradición oral más importante con discusiones rabínicas sobre las leyes, tradiciones, costumbres-, el rey Ptolomeo reunió a 72 sabios, y les dijo a cada uno Escribe la Tora – es la tradición escrita más importante del pueblo judío – de Moisés tu maestro. Todos escribieron la misma versión y a esta traducción se la llamó Septuaginta. Hasta determinado momento, judíos y no judíos celebraban esta milagrosa traducción, dice Nurith Aviv. Para los cristianos esta traducción se convirtió en el Viejo Testamento. Algunos siglos posteriores los sabios judíos la rechazarían. La Tora será traducida luego al griego dispuesto por el rey Ptolomeo.

La traducción de la Tora como de cualquier escrito en este punto, acompañará al original pero no podrá sustituirlo.

Al revisar la tradición de la Biblia un escritor, se encuentra con un tipo de comentario llamado Midrash, comentario bíblico judío que viene del verbo hebreo lidosh, interpretar, buscar, investigar. Cuando se entra en la Midrash -método de interpretación o exégesis de un texto bíblico- hay explicaciones amplias, historias que no se encuentran en la Biblia, los personajes no aparecen de un modo cronológico permitiendo que se encuentren. La línea del tiempo se pierde para establecerse el tiempo como acontecimiento. Es un comentario infinito que no está sujeto a la Historia.

Hay muchas opiniones de los rabinos, pero no se llega a ninguna conclusión, no es el fin. El principio de no contradicción no cuenta y es diferente al pensamiento griego o científico con el que solemos pensar. Resulta una práctica de lectura, que confronta pasajes entre sí, y que arman una nueva narrativa que enriquece el texto bíblico.

La lengua hebrea consiste en raíces de tres letras que son muy polisémicas (Exposición de Pablo Amster, Panel La migración de la lengua, diciembre/2016). Las interpretaciones pueden ser largas y contradictorias. El Midrash está lleno de juegos de palabras, de modo que es interminable. El modo que cada cual traduce el Midrash, puede ser por ejemplo, siguiendo los proverbios.

Uno de los propósitos que insiste en quienes traducen, es que se transmita el hebreo, encontrándose con una mezcla entre lo arcaico y lo nuevo, lo escuchado y lo hablado; como le llaman el vulgar no siendo éste un término displicente, sino figurativo. El escuchado, marca una diferencia sexual, los hombres en su educación religiosa o en la sinagoga se encontrará en el pasaje a lo coloquial, a la literatura, a lo oral, con un cambio en su transmisión que las mujeres, al no poder tener la misma enseñanza, incorporan de otro modo. Las mujeres van al encuentro de los textos sagrados para apropiarse de aquellas letras y sonidos que formarán parte de su experiencia en canciones, poemas, enseñanza en colegios. Tiene un valor extra el hecho de ser mujer y conectarse con el Talmud, del cual las mujeres no han participado en ninguna instancia. Una escritora que estudia el Talmud, escribe a modo de éste, un libro que no se lee siguiendo un orden, permite leer desde el final al principio, desde el margen al centro.

Otra escritora refiere que además de escribir en el hebreo moderno, cita intercalando textos antiguos para producir efectos, como el sarcasmo o la ironía, de modo que el lector conocedor de su obra entiende de dónde toma su fuente, y qué parte se opone a otra en el mismo párrafo. En cambio el lector no avezado en estos juegos de la lengua, no entiende bien. Resulta interesante que al traducir el hebreo a cualquier lengua, se constata que queda algo perdido. Ella lo referirá al núcleo duro de la lengua sagrada que permanece, digamos inalterable, es lo real de la lengua que resiste y siempre queda algo perdido, se trate de la lengua que se trate.

En algunos casos mantener la fidelidad con un texto antiguo como el medieval, por ejemplo, conduce a antiguos pergaminos, de lo contrario se tiende a hacerlo comprensible, y se lo deforma.

Traducir el hebreo al yidish parece no ser lo mismo que traducir el hebreo a otro idioma.  El yidish se crea a partir del hebreo, y durante siglos en una escuela tradicional, llamada kheyder, jóvenes judíos traducían palabra por palabra oralmente desde el principio del Levítico que es uno de los libros bíblicos del Antiguo Testamento y del Tanaj, y forma parte del Pentateuco, y de la Torá. Aquellos jóvenes tradujeron el Pentatueco y al leer el Talmud en la lengua sagrada, hebreo y arameo, discutían las preguntas en yidish. Esto influyó de tal manera, que cuando surgió la literatura judía moderna, fue bilingüe desde el principio. El yidish ayudó al hebreo a convertirse en un lenguaje literario. De modo que cuando de la escritura se pasó a transmitir ese texto al lenguaje hablado, la riqueza de ese intercambio se volcó en la escritura posterior. La literatura hebrea moderna devino de ese movimiento con la lengua. La traducción permanente de una lengua a la otra, en ambas direcciones dejó marcas en ambas literaturas. No se puede entender del mismo modo a autores que escriben en hebreo, sin tomar en cuenta el yidish.

Un atravesamiento de una lengua a otra, queda expresada por un escritor alemán que dice: leo en hebreo y escribo en alemán es la manera más lograda a mí entender de lo que hace un verdadero traductor; la línea entre los dos idiomas es tan delgada que los problemas habituales de traducción dejan de serlo.

Un traductor nacido en la frontera libanesa, aprende como primera lengua la hablada y luego el árabe literario como segunda lengua junto con el hebreo. Dirá que el hebreo es el de la policía, el soldado, el idioma del ocupante y de la cultura. Se introduce en una obra de Hanoch Levin que trata de un vecindario en ruinas, judío, donde todos tratan de emigrar y mueren. Sólo una prostituta emigra que logró engañar a todos. Traducir una oración de tres palabras le lleva veinte; asesiné la lengua de mi padre, mi árabe, dice el traductor; tuve que abandonar mi gran amor por el árabe, el árabe es la lengua del Corán, de mi herencia, hay algo sagrado que es difícil de cambiar. Igualmente el árabe está cambiando, con los mensajes SMS, blogs, y se expresan en el lenguaje hablado. Empieza a expandirse el lenguaje hablado sin por ello degradarse.

Pasar de leer a decir, refiere un autor, cuando pasa por la boca, entra la política, la Biblia se convierte en un texto político, y la política se convierte en Biblia. Al poner en relación el hebreo con el yidish, lo particular es que las letras no representan lo que representan en la lengua sagrada. El hebreo representa la palabra de Dios, el yidish la palabra de los fieles.

Hay una construcción y deconstrucción, para disminuir el  carácter de lo sagrado y para que haya sonidos que puedan emitirse desde la garganta.

Para algunos el hebreo por su pregnancia de las antiguas escrituras, es débil y poco versátil para pasar a decirlo, para otros es todo lo contrario, ya que la posibilidad de lo oral, enriqueció y le dio movimiento.

La lengua es como el nombre, nos lo dan pero no es nuestro, apropiarse es una experiencia para el ser hablante, y en el análisis hace a la experiencia del sujeto del inconsciente.