Por Ricardo Pereyra

El cine muestra, dice, comenta, transmite ideología; y se autopercibe como un arte más. Ha creado un lenguaje propio y en tal razón funda sus aspiraciones. Cualquiera sea el estatuto que le reconozcamos, ninguna otra manifestación artística se inscribe por completo en las esferas de la midcult. Esto genera no pocos entredichos y confusiones respecto de los juicios que se emiten sobre él. Hacia allí quisiera dirigirme tomando apoyatura en una película para la cual, por algunas de sus determinadas características, los patrones estandarizados de la crítica tienen un veredicto de antemano. Esas características, identificadas, separables, funcionan para esta crítica, como elementos patógenos que, independientemente del contexto, la etiquetan condenatoriamente, cerrando quizás, alguna otra posibilidad de lectura.

Veamos: una película que se titule A Bucket of Blood (aquí se la conoció como “El falso escultor”) se la hallará siempre en el estante de las películas “bizarras”, sin reparar que el adjetivo podría no estar exento de un aspecto virtuoso.

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