Por Ana Lanfranconi
1
A veces escucho por primera vez una palabra, aunque la haya escuchado muchas, incontables veces. Se trata en este caso de una expresión y una palabra, sinónimos en una de sus acepciones, así que supongo que una se instaló en mí, fue echando raíces como planta silvestre y desde allí convocó a la otra. Dar a luz nació primero y luego llegó alumbramiento, hermanadas por un resplandor, lo que hace pensar que el lenguaje jugó en ellas con la idea de luz y vida. Pero además dar a luz tiene la particularidad no sólo del infinitivo, que podría corresponderse con la expresión dar vida, sino que la letra a en el medio hace de esa expresión algo diferente que un verbo infinitivo seguido de un sustantivo. Dar a luz parece enfatizar que la luz no proviene del hecho de darla ni de quien la da, si bien su presencia es necesaria.
¿Cómo se engendraron esta expresión y esta palabra? ¿Qué significan?
Dar a luz proviene del latín: dare ad lucem, “llevar hacia la luz”. No se trata de iluminar, sino de sacar algo de la oscuridad. En muchas culturas antiguas, “ver la luz” significaba existir. La luz representaba la vida. Por eso, la expresión se consolidó en lenguas romances como el español siendo sinónimo de parir. El nacimiento como aparición bajo la luz del mundo.
Uno de los significados de alumbramiento me sorprendió. Se refiere a la expulsión de la placenta, cordón umbilical y membranas en la tercera etapa del parto, después de la salida del niño por el canal de parto.
Por algún motivo este significado le resta romanticismo al alumbramiento, le sustrae un velo. Nos queda entonces casi entre las manos una sustancia más o menos gelatinosa y sanguinolenta, en lo que ha consistido su función de envoltura, de nexo, de alimento, de un entre-el-niño-y-la madre, si es que de algún modo podemos referirnos a su singular situación. Nacido el niño, estos elementos pierden su función, no sirven para nada, aunque la ciencia ha encontrado poderosas propiedades de la placenta en su investigación y puesta a punto para la fabricación de medicamentos. Sin embargo, en relación a la función para la que fue concebida, es materia desechable. Llegamos así a que esa bella palabra, metáfora del nacimiento, nos remite a un resto.
Los términos dar a luz – alumbrar también pueden referirse al nacimiento de una obra, de un texto. Si seguimos la lógica esbozada, ese nacimiento conlleva el hecho de expulsar lo desechable de una obra. Aquello que en algún momento fue necesario para su desarrollo, no se da a leer, en el caso de una obra escrita.
Se trata de una condición de existencia. Dar a luz, dar a leer – un niño, una obra, un texto – implica la separación de algo que en la estructura de la que formó parte ya no sirve para nada, no tiene función, sólo la de ser resto.
2
Un texto – como el anteriormente transcripto – queda eventualmente a la espera, en cierto grado de penumbra hasta que alguna contingencia (Pre Jornadas y Jornadas Oscar Masotta, octubre 2026) modifica su condición, lo hace resonar.
Lacan viene a decirnos (Seminario La Angustia) que, en el desecho, en el resto, más precisamente en lo caduco reside el fulgor de aquello que dice de la existencia del sujeto. Propone un barrido de las líneas de separación, tanto en el destete como en el nacimiento de un niño. “La fisiología nos muestra que el a es un objeto separado, no del organismo de la madre sino del organismo del niño”. En el nacimiento, el corte que le interesa al psicoanálisis no se sitúa entre el niño y la madre, sino entre el niño y sus envolturas embrionarias. Es necesario considerarlas como elementos del cuerpo del niño, son homogéneas a él. Para la madre, el corte se localiza en la caída de la placenta. En los desechos, diferentes en el niño y en la madre, “ahí está la caducidad del objeto a desempeñando su función”.
En el nacimiento, el corte – y esta distinción es clave – no es consecuencia de la agresión contra el cuerpo materno, se hace en el interior de la unidad primordial, el huevo. El corte del cordón produce la caducidad de las membranas que lo envolvían. Caen porque, aunque formaban parte del niño, son separables respecto de su cuerpo. Lacan señala que la separación no es aún castración. Será la caída y caducidad de una parte del cuerpo propio lo que sitúa la función de la castración. La separtición, partición en el interior del propio cuerpo, es lo que se inscribe desde entonces en lo que será la estructuración del deseo.
En Lo orgánico y el discurso, Norberto Ferreyra afirma que tanto en el plano del organismo como en el del sujeto el corte es siempre algo interior al sujeto para que algo pueda caer. En la división subjetiva está en juego qué corte se va a producir en el sujeto para que algo caiga y se constituya como resto de la relación que tenía con el Otro. Se trata de la castración, no como mutilación o castigo sino como posibilidad. No se trata de que caduque algo de la relación de objeto, sino que caduque algo del sujeto en relación con su estructura. La consecuencia de esta operación es el nacimiento del sujeto al destello intermitente del orden del deseo. En el análisis el a, como resto caído, caduco, es testigo, es causa de la existencia del sujeto en tanto hay acto analítico.
Bibliografía
Juana Sak, Trabajo presentado en las Jornadas Oscar Masotta 2026
Jacques Lacan, El Seminario La Angustia, Clase del 23 de enero de 1963
Jacques Lacan, El Seminario La Angustia, Clase del 6 de marzo de 1963
Jacques Lacan, El Seminario La Angustia, Clase del 15 de mayo de 1963
Norberto Ferreyra, Lo orgánico y el discurso, Capítulo 6: El deseo y la causa del deseo
Esperamos tus comentarios!