Por María Cristina Bacchetta

Los libros, las imágenes, los recuerdos.

“…el estilo es un medio para insistir sobre algo.” (**)

El libro El nervio óptico, de María Gainza me trajo algunos recuerdos, resonó en mi propia historia y la resonancia tiene que ver con el amor. Quiero compartir algo de esa evocación y de esa lectura.

La biblioteca de mi casa era pequeña, pero para mí, inmensa, allí descubrí un mundo de imágenes, aún no leía, aunque quería hacerlo. Sentada en el piso del living, todavía no iba a la escuela, a veces me aburría y un día encontré los libros. Me encantaban las imágenes. Encontré un libro muy gordo, todo escritura, con pocos dibujos, siempre me detenía en una imagen que me costaba dilucidar, pero despertaba para mis pocos años mucha curiosidad. A pesar de no entender nada del texto, yo insistía y volvía siempre a esas páginas. Trataba de leer, qué decían esas letras, ¿deseo de saber? o ¿terquedad?, esa insistencia como dice el epígrafe produjo un estilo. Con el transcurrir del tiempo, supe que el libro era un diccionario y la imagen una parte del cuerpo humano.

Un tiempo después, yo ya leía, y estaba orgullosa de eso. Recuerdo contarle a mi papá que había encontrado un error en uno de mis libros de cuentos, lo mío era una especie de denuncia, algo a compartir con él, una complicidad, algo así como “¡nosotros, que sabemos de libros, mira lo que encontré!”. Me preguntó cuál era el error, le dije que en un renglón decía “el hada”, cuando debía ser en femenino, todos sabían que las hadas eran mujeres. Mi padre, tranquilo, no era un joven ya, me explicó que estaba bien escrito, que se escribía de ese modo, para que el sonido no quedara empastado, es lo que entendí con el tiempo, no en ese momento, en ese momento me quedé “helada”, un poco enojada, lo que creí escuchar fue que estaba mal, que era muy chica para decir que en un libro había un error, durante un tiempo seguí pensando que yo tenía razón.

Era muy chica y no tan chica cuando miraba con mi padre un libro con fotos de monumentos y estatuas romanos o griegos, estilo dórico, jónico y corintio, siguen resonando aún.

Suelo decir que si la imagen no viene acompañada de palabras “no veo nada”.

Los libros fueron siempre un lugar tranquilo, seguro, y también de excitación, pasión, amor. Cuando alguno me gustaba mucho no podía parar, lo leía ni bien tenía un momento sin las ocupaciones cotidianas, que eran muchas. Lo leía en el almuerzo, en la cena, a la noche al ir a dormir, en las siestas.

Hace ya muchos años con amigas, amigos, compañeros, una diversión obligada, era recorrer las librerías de Corrientes para ver las novedades, lo que había, lo que recién aparecía. Compartíamos las lecturas, también las discutíamos.

En ese entonces Filosofía y Letras era una usina de producción, de información, lo que pasaba en el mundo, lo que pasaba en Argentina, caja de resonancia, especie de Aleph inconmensurable, que creíamos poder abarcar.

Una de las primeras aproximaciones a la Escuela Freudiana de la Argentina fue a través de su Biblioteca.

Hace poco, cuando encontré el libro de Gainza, encontré esa conjunción entre literatura e imágenes, es más, no es posible leerlo sin buscar cada vez las pinturas que menciona.

“El nervio óptico”, eso que se diferencia de la mirada, esa esquicia, lo que nos atraviesa, o que nos divide. El ojo atento, la imagen que nos atrapa. Lo que “nos llena el ojo”. “Se me van los ojos”.  “¡Ojo al piojo!” “Ojito vos eh?” “Ojos que no ven…” y podría seguir. El deseo atravesando ese nervio, tensándolo. El objeto que nos divide y hace marca.

¿Sabría Gainza algo del esquema óptico de Lacan?

El recorrido que va haciendo la autora es maravilloso. Intercala pinturas, obras de arte, con el relato de su propia vida y la de otros. Con metáforas alucinantes, que en un solo trazo describe toda una realidad-ficción: “Perteneces a una clase que durante generaciones ha dado por sentado que todas las noches tendría un plato de comida caliente sobre la mesa”. “Papeles que se escurren como animalitos atemorizados por las veredashace un frío ruso…”cuando los árboles largan la oscuridad” y de un edificio en construcción que parece en ruinas, de la calle Corrientes a la estética del colapso, la poética de la ruina que nos dice, era la moda a fines del siglo XVIII.

Va trenzando nombres como Dreux, Candido Lopez, Hubert, con Las muy ricas horas del duque de Berry, la guerra de la triple Alianza, Mitre, Solano López, El Quilombo del gran Chaco, por qué la Parabellum, creada por Luger, se llamaba Parabellum.

También transmite, enseña, con un estilo amable y punzante, gracioso y tremendo. La vida y la muerte se entrelazan fácilmente, como si siempre hubieran convivido pacíficamente, pasando de una a otra sin sobresaltos, solo mostrando que eso es así.

Las asociaciones se desplazan de un evento a otro como los tonos de colores en una paleta de pintor, o los sonidos de una pieza musical. Y también para mi tuvo ese efecto, que es este escrito.

Masotta en el texto Valores estéticos, valores éticos, relaciona los valores estéticos con el ideal del Yo, en tanto identificaciones del sujeto a los emblemas del padre (que también menciona como sociales), en contraposición a los éticos, más conectados al superyo. Esa apropiación en el ideal del yo tiene una dimensión estética; son valores con los cuales me invisto para “vestirme” con ellos…

Estadio del espejo, esquema óptico, modos en que Lacan va pudiendo mostrarnos la constitución del aparato psíquico, el sujeto, el yo ideal, y ese a que no se ve, inespecularizable, pero que hace causa. Proceso que permite la afirmación del yo, con el asentimiento que otorga el Otro.

Pintura, cine, fotografía, literatura, podríamos pensarlo como en una sucesión, aunque más bien arman un nudo intrincado, con un a en su centro, aunque sus técnicas y sus prácticas sean distintas. Significantes, huellas, punctum, signos. 

Pero solo hay un decir si se articulan, si hay una secuencia que les hace decir, ahí esta el autor. En la repetición de la marca, del rasgo, en esa insistencia. Pero también es un autor hablado, hablado por su época, autor que será el resultado de esa secuencia. Y está la magia, que hace o no de algo una emoción, un plus, un algo que no sabemos bien qué es, pero causa. La magia esa nada, intangible, insustancial, la magia de las palabras, o mejor dicho de lo que ellas no alcanzan a recubrir, lo sugerido, lo inacabado, los puntos suspensivos…

Dice Didi Huberman, “La imagen arde en su contacto con lo real, no se puede hablar de imágenes sin hablar de cenizas…las imágenes forman parte de lo que los mortales se inventan para registrar sus temblores (de deseo o de temor) …es absurdo oponer las imágenes y las palabras”.

Durante toda su vida, Warburg intentó fundar una disciplina en la que, en particular, nadie tuviera que hacerse la sempiterna pregunta -que Bergson hubiera llamado un “falso problema” por excelencia- de saber qué está primero, la imagen o la palabra…. En tanto “iconología de los intervalos” misma, la disciplina inventada por Warburg, en la que ofrecía como la exploración de problemas formales, históricos y antropológicos donde, según él, podríamos acabar de “reconstituir el lazo de connaturalidad (o de coalescencia natural) entre palabra e imagen” (die natürliche Zusammengehörigkeit von Wort und Bild).

No se puede hablar del contacto entre la imagen y lo real sin hablar de una especie de incendio.

En el centro está la cuestión ¿a qué tipo de conocimiento puede dar lugar la imagen? ¿qué tipo de contribución al conocimiento histórico es capaz de aportar este “conocimiento por la imagen”, la sección Imaginar de la biblioteca de Warbug no se entiende sin el uso cruzado de otras dos Hablar y Actuar.

Las imágenes forman parte de lo que los pobres mortales se inventan para registrar sus temblores (de deseo o temor) y sus propias consumaciones[i].

¡La biblioteca, otra vez!

Ese incendio al que se refiere Didi-Huberman, ¿no es acaso ese a causa de deseo, no es lo que ocurre cuando el a, ese real,está en función, cuando lo creativo es posible?

Las imágenes que un autor produce, sea a través de las palabras, de la pintura, de la fotografía, del cine, permiten ceñir algún real, hacer ficción y no hay ficción sin discurso productor del lazo social. La ficción sostiene la relación con algún real, que de lo contrario sería arrasador, nos permite acercarnos a algún orden de saber, que de otro modo no tendríamos acceso[ii].

Agosto 2026

Fotografía: Eduardo Gil.


(*) Biblioterca es un lapsus calami, lo vi después y creo que es lo que disparó lo que sigue, los recuerdos, y mi “terca” postura en esa edad en que la terquedad hace a la afirmación.

(**) Frase mencionada por María Gainza en el texto.

[i] Cuando las imágenes tocan lo real George Didi-Huberman

[ii] Textos y comentarios trabajados por la Secretaria de Intercambios ante la presentacion “Cine y psicoanálisis” en el 2021 y Fotografía y psicoanalísis del 2022.