Por Alicia Hartmann

Es un lugar común mencionar que una mamá apenas recibe su bebe en brazos en la sala de parto le cuente los dedos de cada manito, es casi una conducta automática que encubre la fantasía de que pueda tener una anomalía física más allá de los estudios y controles previos que en este tiempo la ciencia nos brinda.

También es un lugar común decir que los analistas que nos hemos dedicado a la práctica con niños preguntemos en ciertas ocasiones como fue el nacimiento del niño, sin pretensión de una anamnesis, sino para poder poner en palabras el deseo de los padres, es decir el lugar que un niño tiene en la estructura familiar. Al hacer esa pregunta se puede escuchar en un relato singular si un niño fue deseado o no, y también pueden relatarse las dificultades en torno al nacimiento de un niño. En muchos casos nos hemos encontrado con decepciones narcisistas profundas si el niño nace con dificultades, entre las que encontramos con frecuencia que éste haya nacido antes -o después- del tiempo esperado.

Quien ha nacido antes de la fecha en la que se lo esperaba puede haber escuchado relatos del trabajo que dio: en su primer mes de vida, las dificultades del hospital donde estuvo internado, la falta de mirada materna, del calor materno que no se puede brindar a través de una incubadora. Y algo más, la fantasía de que por haber nacido prematuramente, además del rechazo parental, supuesto o real, por ese bebé casi en estado fetal, se le produjo alguna afección cognitiva que es causa actual de síntomas que afectan su desempaño eficaz en la vida. Sea esto último real o no, la fantasía es potente.

Sabemos además de los serios trastornos posibles en torno a la gestación en el tiempo del embarazo y el nacimiento, que pueden ser genéticos, perinatales o postnatales. Y también sabemos que efectivamente los bebés prematuros tienen un riesgo mucho mayor que el nacido a término y por parto sin incidentes mayores. El dolor de los padres por los niños con déficit es una herida en la mayoría de los casos incurable, sólo el fuerte deseo por ese hijo tiene que estar presente para mitigar esa pérdida. Como Freud nos dice, se  espera a su majestad el bebé, y en su lugar ese bebé los lleva a una dura realidad muy distinta.

Porque bien sabemos que un niño con déficit, lo que hoy puede ubicarse en el plano de la discapacidad, le espera el largo y tortuoso camino de la rehabilitación emocional, física y congnitiva para alcanzar una vida posible a pesar de que algunas dificultades pueden perdurar durante toda su vida.

Hace muchos años, en 1932, Aldous Huxley hizo futurismo de nuestro mundo actual introduciendo en su novela Un Mundo Feliz a los llamados bebés de probeta. El primer capítulo se desarrolla en el Centro de Incubación y Acondicionamiento de la Central de Londres, lugar donde las incubadoras entregaban su producción de bebés Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsilon. Estos bebés clonados eran desarrollados con capacidades diferentes, desde los futuros dirigentes a los futuros seres inferiores, aptos sólo para un trabajo repetitivo. Con esto se lograba la ansiada estabilidad social. En el mundo de Huxley se gestan seres que están destinados a cumplir un fin útil para una sociedad dividida en castas claramente establecidas y asigna firmemente las relaciones de poder vía el uso bien conducido de la debilidad, de las discapacidades, o sea de la debilidad mental, “para ser buenos y felices miembros de la sociedad”. La sociedad actual, dice el Director del Centro, que tiene individuos inteligentes, si los hay en demasía no favorecen la eficacia de una sociedad feliz.

La apología de la debilidad mental que hace Huxley podría ser un “gran consuelo” para quienes han sufrido por tener un niño con discapacidad. En el Mundo Feliz se interrumpía el crecimiento normal de los embriones para producir seres de menor valía. Bien sabemos de la ironía de Huxley en ese libro que aborda el lazo social entre seres hablantes, como se podría pensar el sexo y el amor, y las relaciones de poder en una sociedad del futuro.

El sufrimiento producido por tener un niño débil mental, el esfuerzo de los padres para acompañarlo tal vez toda la vida, los duros tiempos cuando no había certificado de discapacidad (que pese a este rótulo es algo que se puede revocar si el niño mejora y es una gran ayuda para la gente de menores recursos ya que los tratamientos son múltiples) desgastan, minan, socavan el lazo y en muchos casos se perturba severamente la familia. Las dificultades actuales para padres y profesionales para tramitar reintegros toman gran parte de la vida de los familiares. También nos hemos encontrado con la prisa de los padres que buscan ese certificado para abaratar costos, o sea sin capacidad de espera de una mejoría por alguna intervención terapéutica que permita no necesitarlo. O sea un deseo de rotular a ese hijo que no satisface sus expectativas.

Son muchas las cuestiones a pensar en relación a un niño con trastornos. Hemos atendido y escuchado a muchas parejas con hijos discapacitados que terminan separadas por las dificultades para sobrellevar lo que les toca vivir.

En otras el amor y el deseo priman y se ven resultados admirables en los tratamientos, las marcas de las dificultades se atemperan por la inscripción de ese bebé que podría haber afectado tanto el narcisismo parental.

Recordamos a Maud Mannoni en “El niño retrasado y su madre” y su cuidadosa escucha que intentaba producir algún brillo en aquellos a quienes ella definió como que el niño retrasado era el “objeto oscuro” de la madre. Lacan la lee y le señala que no se trata de un objeto oscuro si hay una relación con la cadena significante, o sea con las palabras que bañan de lenguaje a ese niño. El rechazo o el deseo se pueden leer allí.

Un ejemplo de rechazo lo plasma Shakespeare cuando comienza su Ricardo III con un monólogo de enseñanza sobre el tema: “Yo, privado de una bella proporción …”. Esa falta de proporción es correlativa a la maldad infinita, imparable de Ricardo.

Entonces, ¿se puede arriesgar a que un niño venga a este mundo con un retardo, o con graves problemas físicos? Escriben especialistas que interrumpir un embarazo a las veinte semanas no da ninguna posibilidad de viabilidad del feto, y aunque esto fuera posible, o se hiciera a las treinta, las capacidades de ese ser están en absoluto riesgo por más ciencia de la que se trate. Y por más incubadoras que hubiera funcionando en el Hotel de los Neonatólogos, como diría el Dr. Mario Sebastiani en relación a la propuesta de la diputada Campagnoli. Ironía que hubiera apreciado Huxley.

En nuestros tiempos, donde la ciencia y su ideología tienden a ignorar el lazo amoroso, el deseo, y nuestra relación con que no todo es posible – o sea como definimos los psicoanalistas, con la castración – sería factible hacer experimentos, pero ya hemos tenido en la historia de la Humanidad seres crueles que se dedicaron a hacerlos y dejaron su brutal marca.

¿Es nuestro país un Malpaís, como llamaba Huxley al mundo no planificado en torno a la procreación? ¿Necesitamos esa planificacion?

Nuestro país es pionero por la importancia de la psicología y el psicoanálisis “argentino”, especialmente el dedicado a la clínica con niños, con nombres históricos: Arminda Aberastury, Aurora Pérez, las salas de padres del Hospital Ricardo Gutiérrez creadas por la influencia de Florencio Escardó como pediatra, los servicios de Salud Mental en ese hospital, del Elizalde, y muchos otros en todo el país, que no dan abasto en la atención de la infancia de los que tienen bajos recursos. El Tobar García, en su especialidad psiquiátrica de atención de la infancia, es un lugar de excelencia.

Los padres, por más desposeídos que sean, concurren a que se les oriente para criar a sus hijos a pesar del mal tiempo social mundial que nos toca vivir.

Mas allá de las dificultades que conlleva una adopción – que sería tema para otro artículo – lo importante sería a mi entender hacer simple su concreción para que los que no pueden procrear por sí mismos puedan tener un bebé que no tiene lugar en el deseo de los padres biológicos, antes que producir débiles mentales.

Estimo que la diputada Campagnoli no se informó adecuadamente de los peligros que entrañaba su propuesta, lo que sí queda como amargo saldo es que algunos de nuestros representantes, a diferencia de lo dice Huxley, tendrían que evidenciar el mayor de los esfuerzos para que sus propuestas ayuden verdaderamente no a crear un mundo feliz, sino una sociedad mejor.

Alicia Hartmann, marzo 2018