Por Stella Maris Nieto

Ajustarse, achicarse, es el lema del capitalismo que, sabemos,  en beneficio del capital financiero  persigue que el mundo sea cada vez más para unos pocos, los ricos, por lo que es necesario reducir beneficiarios.

En esta línea la película de Alexander Payne que salió al cine con la traducción de “Pequeña gran vida” es una clara sátira social a la pretensión  de una gran vida a costa del achicamiento.

El argumento pone en escena, como no podría ser de otro modo, el papel de la ciencia en esta empresa, de la que ya conocemos su colaboración en los campos de exterminio.

En este caso un científico noruego, encuentra una salida a la crisis de superpoblación del planeta y la falta de recursos, con el objetivo de salvar al mundo y la ecología sin el costo de eliminar seres humanos.

Su descubrimiento consiste en la posibilidad de reducir la materia y por lo tanto a los humanos a tan solo unos pocos centímetros a fin de poder vivir una gran vida con la reducción absoluta de sus gastos y de los restos producidos

Someterse a la reducción es la tentación para los humanos, a la que el mismo científico se somete con su esposa y voluntarios, que a partir de ese momento viajaran para ser mostrados como mascotas felices e incitar a la miniaturización.

Cansado de sus esfuerzos para mantener un nivel de vida, cada vez más inalcanzable, Paul Safranek y su esposa se deciden por el achicamiento.

Pero en su ingenuidad Paul desconoce los sacrificios de este trance irreversible y  se entrega convencido de su noble empresa, mientras que su esposa se arrepiente en el momento final, quedando para siempre separados en dos mundos.

Pese a su decepción y sufrimiento por quedarse solo en una aventura que abordó por ambos, Paul intenta salir adelante siempre con alguna ilusión.

Pero la película hace más aguda la apuesta y comienza a revelarse la otra cara del achicamiento.

Algunos son achicados por castigo,  para sacarlos del medio por militantes peligrosos, y  representan  también un riesgo por su pequeño tamaño, de transformarse en inmigrantes ilegales transportados con facilidad en cualquier paquete.

La pobreza también convive en este mundo pequeño, que reproduce las situaciones del otro mundo. Tras un muro  vive toda una sociedad de  excluidos y marginales.

No es posible un mundo sin diferencias y sin resto, es tal vez lo que podríamos concluir, pero tomando en cuenta que a mayor venta y compra de ilusiones, más es el riesgo que afecta la vida, si no consideramos lo real.

Pero frente al arrepentimiento del científico por el uso indiscriminado de su descubrimiento, Paul se enfrenta a una repetición : el desafío de internarse en una vida bajo tierra para salvar la raza humana.

Vuelve a encontrarse con que su nueva pareja no acepta ese sacrificio y se pregunta quién es él si no responde a las demandas sacrificiales.

Y es esta mujer quien le recuerda que es Paul Safranek y puede no dejarse arrastrar y elegir su deseo por ella.

Paul, que en su vida de fisioterapeuta siempre ha buscado ayudar a los otros, empezando por su madre que sufría fibromialgia, no cede frente al nuevo sacrificio  que lo alejaría de su nuevo amor y de la luz del sol.

Tal vez un instante de la escena final, sea lo que más pueda interesarnos como analistas.

Cuando lleva alimentos al barrio marginal, se queda mirando al anciano que come solo en su silla de ruedas, y se puede ver en Paul la cara de un  viejo dolor  que habría intentado acallar como fisioterapeuta de otros.

¿La falta de un padre?, ¿o verse en el anciano resignado y sin una palabra de reclamo?

Como analistas abrimos un espacio para que algo se pueda decir, poniendo en función la necesidad del ser hablante que es necesidad de discurso.

Sabemos que la necesidad de discurso es la respuesta ética del sujeto a su alienación en el lenguaje, y la posibilidad de separarse de la vacilación de ser a la que está sometido.

De esta separación por automutilación, queda un resto, que podrá funcionar de causa para su deseo.

Podrá vivir como Paul Safranek, sin ser  el resto sacrificado.