Por María Gabriela Correia

Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela.
Antes de morir, le reveló un secreto:
La uva-le susurró-está hecha de vino.
Marcela Pérez-Silva me lo contó, y yo pensé:
Si la uva está hecha de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.
 Eduardo Galeano, La uva y el vino El libro de los abrazos. Ed, Siglo XXI.

Hablamos con el cuerpo sin saberlo.

Somos las palabras que cuentan lo que somos, porque de palabras estamos hechos. Las palabras son la estofa que le dan textura y dimensión a nuestro cuerpo. Eso mismo le enseñó la histérica al joven Freud. No era por la vía de las inervaciones motrices, que se  hallaba el camino para descubrir la etiología de sus síntomas. Éstos estaban hechos de palabras que en su encuentro con el cuerpo, habían trazado un territorio enfermo, díscolo, que respondía a otra lógica, ajena al organismo. Sólo hacía falta encontrar la palabra clave, la palabra cerrojo, porque si de palabras se hace un síntoma, Freud supo pesquisar que con palabras se deshace.

Pero si bien las palabras pueden ser remedio, pharmakon,-así le decían los griegos-  también pueden ser  veneno. Como el veneno que Claudio introdujo en el oído de su hermano causándole la muerte; así las palabras  son introducidas a través de los oídos. La palabra venenosa, envenenada infecta al cuerpo como un virus. La palabra es un virus.

La palabra virus, como también sucede con los virus,  ha sufrido múltiples mutaciones. Su antecedencia latina, virus, uīr (us) significa veneno. Alejada de la medicina en sus inicios, aludía a la “pócima venenosa”, luego a la “pócima mágica” en algunos casos. Ponzoña y secreción son otros de sus nombres, hasta devenir finalmente en el uso que hoy le damos: un organismo pequeño, muy pequeño, imperceptible para la mirada de los hombres a los que ataca, pero tremendamente poderoso, como las palabras.[1]

La palabra es un cuerpo sutil.[2]

En su Encomio de Helena, Gorgias atribuía de un cuerpo a las palabras, un cuerpo sutil e invisible, instrumento  de persuasión, de poder irresistible, que podía hacerle frente al destino. Ella fue capaz de arrastrar a Helena detrás de Paris, dando inicio así, a la Guerra de Troya. [3]

Las palabras tienen una fuerza propia, propician efectos, tocan el cuerpo, lo marcan, lo mueven o lo detienen.

Lacan hace referencia a la cópula que las palabras tienen con el cuerpo, produciéndose una particular unión. El significante muerde el cuerpo, lo hiende, y hace que palabra y cuerpo tengan una  ligazón que  trazan en él  un territorio de goce.

No podemos prescindir del cuerpo para hablar, hablamos con él. La voz sale de esa caja de resonancia que el cuerpo es, arroja palabras, acompañadas por el ritmo de nuestra respiración, el movimiento de nuestra lengua, la apertura de los labios, en una conmoción  imperceptible de los órganos y la fisiología. Fuimos tocados por las palabras y ellas nos mueven.

La pandemia interpela  al psicoanalista y su praxis.

Obligados a un confinamiento de nuestros cuerpos, dicha contingencia nos empuja a tener que tomar una decisión respecto de la continuidad de los tratamientos que conducimos. Esta coyuntura instaló un dilema, a saber, ¿podremos dirigir una cura “a distancia”?  Pero suspender los tratamientos, y con ello la posibilidad de hablar, agrega un problema más a la difícil indicación  del aislamiento. Y en definitiva, la única oferta que el analista hace, es “hable, lo escucho”.

Hoy nuestros cuerpos están disciplinados a una distancia, aquella que el Estado y los organismos dedicados a la salud recomiendan. Dos metros de distancia es lo óptimo, “tapaboca” incluido.

Tampoco se permiten los abrazos.

Ese abrazo que incluye al otro, lo envuelve, lo acerca; ese que nos permite  sentir el rumor de su corazón, la temperatura de su cuerpo, la agitación de la respiración, la suavidad o aspereza de su piel, la peculiaridad de su perfume, porque cada cuerpo tiene su propio olor, como las casas, allende  de las lociones producidas por las perfumerías. Una misma fragancia no explota del mismo modo en cada cuerpo, cada piel es diferente, reacciona distinto, nos permite reconocer su presencia aún sin verlo. Pero no sólo los abrazos cuentan con el don de acercar los cuerpos.

También las palabras pueden acercar al otro… y también  alejarlo. Y también las palabras, las mismas, son diferentes depende de quien las diga y a quién estén dirigidas.

“Hoy, el mayor acto de amor es la distancia corporal”, dice Slavoj Žižek  [4].

Abstenernos del encuentro entre los cuerpos es la premisa, “la vacuna” de la que ahora disponemos.

Abstinencia y amor, dos variables del análisis. Porque si la dimensión del amor está, la transferencia es posible.

Precisamente… si hay algo que los analistas practicamos, es la abstinencia. Nos abstenemos de ser sujeto. Y si hay algo que queda sustraído, es el cuerpo. Sólo el cuerpo del analista se pone en juego, en el lugar de la función de semblante de objeto. El analista se deja hacer un cuerpo, que es el cuerpo que el analizante construye mientras habla, es decir, con palabras.[5]

Es  este el  contexto que algunos analistas  apostamos a la posibilidad del uso de  plataformas virtuales para sostener la continuidad de los tratamientos.

Lo interesante de esta decisión es poder leer los múltiples  efectos que la misma conlleva para cada quien. Hacer una lectura de esta contingencia, que implica un orden de novedad, de sorpresa, y que como tal, no será sin consecuencias, es la tarea que le toca al analista,  ya que dicha contingencia implica un trauma que pone en jaque la vida de las personas.

Dentro de este escenario, muchos analizantes, o incluso quienes hacía pocas semanas habían demandado ser escuchados por un analista, solicitaban la continuidad de los encuentros; algunos, optaron por interrumpir y retomar luego; otros retomaron después, cuando un sueño irrumpió la lánguida cotidianeidad de sus días o cuando la demora en el levantamiento de la cuarentena inscribió un tiempo de ausencia que exigía entonces la necesidad de una presencia: la del analista.

Presencia del analista. “In absentia o in effigie”

Cuando Lacan articula en su Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, introduce la “presencia del analista” como una manifestación propia del inconsciente. La presencia del analista está ya incluida en el propio concepto de inconsciente, es inherente a él. Y el inconsciente no es ni más ni menos que:

…la suma de los efectos de la palabra sobre un sujeto, en el nivel en que el sujeto se constituye por los efectos del significante…[6]

El inconsciente produce en tiempos de pandemia.

Mucho se dice acerca de los efectos desastrosos que se producen  en la economía ante la parálisis del mercado económico. Las pérdidas y sus efectos son incalculables. La crisis laboral se acrecienta a medida que pasan los días.

Pero si hay algo de lo que aún hoy los analistas podemos dar cuenta es que a pesar del aislamiento y la distancia corporal a la que estamos obligados, aún por la vía virtual el inconsciente trabaja y produce, porque la palabra circula. Hay efecto sujeto. Y si tomamos, como lo hacemos, al pie de la letra, que el sujeto se constituye por la entrada del significante y por el baño del lenguaje al que el infans[7] queda sujetado y está sujeto, de esto podemos seguir dando cuenta por la experiencia de los  análisis, que en estas condiciones apostamos a continuar.

Hay que tener en cuenta, que bajo esta modalidad, el cuerpo queda  sustraído de la escena. Con sustraído quiero decir, que no media el acercamiento corporal para saludarnos; que no se siente la respiración de los cuerpos durante los silencios, que el analizante no se traslada  al consultorio, sino que la sesión transcurre generalmente en su dormitorio o en alguna zona privada de su hogar. El analista entra en ese espacio por la vía virtual, sobre todo si la cámara está encendida. El dinero no se entrega en la mano, ni se deja en el escritorio; que el olvido de pagar una sesión no queda actuado en el tiempo y el espacio del encuentro de los cuerpos, porque en general se hace por “transferencia bancaria”. Esto implica tener en cuenta otras variables, que también nos permiten encontrar el goce retentivo del avaro en la demora del pago o  el pago anticipado de aquél que no quiere tener deudas. Son diferentes modos de poner  en juego un modo distinto  de entrada  del dinero en el análisis,  que por mediar  un orden  digital, bancarizado, no impide ser leído, ni deja por fuera la posible intervención, si es que correspondiese.

Pero a pesar de esta sustracción, hay algo que se mantiene, aunque de manera diferente, que es el lazo y el lugar de la palabra. El lazo y la posibilidad de sostener un discurso. Y el discurso del analista es el inconsciente.

Un hombre hace pocas semanas, antes que la pandemia impidiese el acercamiento corporal, solicita un espacio de escucha. Entre las cosas que comenta, dice que nunca sueña. Sabe que se sueña cada noche, eso lo aprendió en la universidad, pero él nunca soñó.

Comienza la cuarentena e iniciamos los encuentros virtuales, con la cámara abierta. Me cuenta que estamos en el living de su casa. La mirada del analista se extiende a su territorio, él lo muestra.

En uno de esos encuentros dice: “hace unos días soñé”. El sueño transcurre en una sala de cirugía.

Pronto a ser operado y vestido para la ocasión, dejan entrar a una persona al quirófano que resulta ser  alguien de su extrema confianza. Ella es instrumentadora quirúrgica. Él siente tranquilidad y calma. Despierta con una sensación de confianza. Él confía en ella.

Un sueño de transferencia inaugura el análisis a través de la plataforma virtual.

Otra paciente, con quien apenas hemos tenido dos encuentros antes de la cuarentena me dice que prefiere esperar a que todo esto pase y luego retomar, que se encuentra bien. Al cabo de unas semanas me envía un whatsapp y me dice pregunta si podemos retomar, que esto del aislamiento  parece que va a extenderse y entonces mejor continuar con este espacio, no perder lo trabajado. ¿?

Le propongo un horario. Me dice que lo que la movió a llamarme, es que  necesitaba contarme un sueño que tuvo, un sueño que le pareció que era muy importante:

Una y otra vez iba a la casa de su exnovio que estaba enrejada y con alambres electrificadas para que ella no pueda entrar. No sabe bien porqué, ella insistía una y otra vez en entrar allí, finalmente lo logra. El costo de ese logro es su piel quemada por la electricidad. “Siempre me desespero por verlo”-agrega-. “Pero esta vez quiero dejarlo definitivamente. No quiere quemarse más, no quiere lacerarse la piel.

Necesitaba contártelo-dice- porque ésta vez quiero que sea diferente. Quiero alejarme de su vida definitivamente.” Se introduce un enigma “¿Por qué insisto si luego  me lastimo, si termino quemada?”

En un caso y el otro, un sueño de transferencia convoca al analista a tomar su lugar. En ambos, el cuerpo entra por la vía del sueño, es decir, por una formación del inconsciente.

El inconsciente no está en cuarentena.


* Expresión que es una corrupción de la expresión latina “Noli me tanguere” que literalmente quiere decir No me toques http://www.jdiezarnal.com/frasesnolimetangere.html.

[1] https://dicciomed.usal.es/palabra/virus

[2]J. Lacan. Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis. Escritos 1.Ed. Siglo XXI.

[3] La palabra es un poderoso soberano que con un cuerpo pequeñísimo y completamente invisible lleva a cabo obras completamente divinas. Puede, por ejemplo, acabar con el miedo, desterrar la aflicción, eliminar el dolor, producir la alegría, o intensificar  la compasión. Gorgias. Encomio de Helena Ed. Gredos.

[4] Slavoj Žižek: ¡Pandemia! CEOPS(Centro de Estudios de Orientación Psicoanalítica)

[5] N. Ferreyra: Seminario clínico. Practicar el psicoanálisis 2012. La posición del analista.

[6] J. Lacan: Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Clase X: 15-04-1964. Presencia del analista. Ed. Paidós.

[7] In-fans: el que no habla.