Sobre Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Por Graciela Zagarese

Antonio Tabucchi, escritor Italiano residente  largo tiempo en Portugal, país de sus amores, concedió a la nostalgia y al recuerdo un lugar clave en su literatura.

Es de destacar en este libro y seguramente en otros de su autoria, el uso claro y diáfano del leguaje al que apela a través del personaje principal que da nombre a su novela: Sostiene Pereira.

La trama se desarrolla en Portugal en el contexto histórico de la dictadura de Salazar, dictador portugués, cabeza y principal figura del llamado Estado Novo que abarcó el período 1926 – 1974, si bien el régimen no se consolidó como tal hasta 1933.

Esta novela, de lectura ágil, liviana; con una temática y una manera simple de desplegar la historia, nos atraviesa visceralmente. Su formato de capítulos breves nos lleva con rapidez a recorrerlos, a saborearlos, a zambullirnos en ellos.

Ya en la nota a la Décima Edición Italiana nos dice el autor: “Aquella tarde de septiembre comprendí vagamente que un ánima que erraba en el espacio del éter me necesitaba para relatarse, para describir una elección, un tormento, una vida”.

Pereira, personaje entrañable, es periodista de un diario Católico de Lisboa y su actividad en él es la de traducir a autores franceses para el suplemento de Cultura, partiendo de una idea muy suya acerca de que la literatura puede ser apolítica; idea que Monteiro Rossi personaje clave en la obra se encargará de modificar. La aparición de Monteiro y de su amiga Marta dan a la vida monótona, tranquila, lineal de Pereira, un cambio radical. Ambos jóvenes, víctimas de la represión Salazarista dado su compromiso activo en la militancia, llevan a Pereira casi sin que quiera advertirlo a cuestionarse sobre aquellas cosas que hasta el momento le parecían inmutables.

Él encarga a Monteiro Rossi escribir necrológicas anticipadas, es decir elogios fúnebres, nos dice: “para los grandes escritores que pueden morir de un momento a otro”.

Pereira va haciendo un recorrido de cada situación, de cada sentir, va enhebrando palabras, palabras que Pereira sostiene y lo sostienen a lo largo de la obra y que llevan al lector a adentrarse en los recovecos más profundos de su alma. Toca temas filosóficos como la eternidad, la resurrección de la carne. Nos dice el autor” Pereira comenzó a sudar, sostiene, y pensó de nuevo en la resurrección de la carne. ¿Cómo?, pensó, si resucito ¿tendré que encontrarme a gente como ésta en sus canotiés? Pensó que se iba a encontrar de verdad con aquella gente del barco en un puerto impreciso de la eternidad. Y la eternidad le pareció un lugar insoportable….”

Ligado al pasado a través de su esposa muerta, al retrato de ella con el que diariamente conversa, Pereira sostiene, se sostiene en un otro tiempo.

Es desde allí, desde ese pasado, desde dónde le formula a su ayudante el pedido de escribir necrológicas, haciendo de la literatura un lugar para recordar el pasado, pedido que el joven Monteiro Rossi invierte, para llamar la atención sobre el presente, sobre una Europa al borde de la segunda guerra mundial tomando como objeto de sus homenajes a escritores comprometidos políticamente o controvertidos en su accionar público.

El final de la novela, final conmovedor, nos muestra en acto el valor de la palabra, palabra que nombra las calamidades de un régimen. Su última publicación en el diario de Lisboa al final del libro, nos lo atestigua.

Es la palabra la via que da lugar a la existencia y al mismo tiempo y por la misma razón nos sostiene.

Leer este maravilloso libro nos permite dar cuenta que en cada uno de nosotros y por razones diversas puede habitar un Pereira, un Pereira que sostiene.

Sabemos que el lenguaje se perfecciona cuando sabe jugar con la escritura, Tabucchi a través de Pereira lo evidencia: “Era sólo un personaje en busca de autor. No sé por qué me eligió precisamente a mí para ser narrado”.