Por Ana Lanfranconi
1
En las primeras páginas de La clase de griego, bella novela de Han Kang, asistimos a una narración poética acerca del modo en que la protagonista, siendo una niña de tres años, aprendió a leer. El texto destaca su asombro ante la misteriosa asociación entre imagen, sonido y cuerpo. Cautivada por el encanto de las vocales y las consonantes, pero especialmente por “la maravillosa promesa de los sobrecogedores sonidos asociados a esas letras”, la niña avanzaba emocionada con sus descubrimientos de la lengua coreana. Le gustaba que, para pronunciar la palabra bosque, su preferida, había que “entrecerrar los labios y dejar pasar el aire lentamente y cómo al final había que sellar los labios para que la palabra se completase en el silencio”.
Cuando salía de la escuela primaria iba a una biblioteca pública, y por las noches se quedaba dormida leyendo los libros que había sacado prestados. Sin embargo, en algún momento el lenguaje empezó a adquirir vida propia, y se le tornó ajeno. Se convirtió en una especie de punzón que por la noche la despertaba sobresaltada. Cualquier frase que ella dijera “dejaba traslucir, con la fría claridad de un trozo de hielo, la perfección y la imperfección, la verdad y la mentira, la belleza y la fealdad.” Sentía vergüenza de las oraciones que se desprendían de su lengua y de sus dedos. Quería vomitar, y gritar. El lenguaje que la había emocionado y fascinado se había transformado en algo hiriente. Había revelado un doblez, un peligro que claramente la concernía.
A sus dieciséis años, entró en un mutismo absoluto. Podía oír el lenguaje, pero no podía hablar ni escribir. “Había dejado de pensar con el lenguaje. Se movía y lo comprendía todo sin acudir a la lengua”.
Su madre la llevó a un psiquiatra, quien le indicó medicación. Ella se ocupó de esconder las pastillas bajo tierra. Luego de varios meses, regresó a la escuela. Un día, en la clase de francés, de pronto recordó el lenguaje sin darse cuenta, a raíz de una palabra que le llamó la atención. El profesor la había escrito en la pizarra y señalándola, la pronunció en voz alta. Ella, casi como una niña, “movió los labios y pronunció biblotheque en un murmullo”. Esa palabra, en una lengua que no era la materna y que ella había elegido estudiar, la sacó por muchos años de su mutismo. La bibliotheque la hizo hablar.
2
En la reunión de la Secretaría de Biblioteca me interesó nombrar la función de la biblioteca como letra viva, que luego derivó en la conversación como biblioteca activa. También me gustó escuchar que Masotta se reunía en la biblioteca con otros analistas para hablar de psicoanálisis. Al decirlo, en vez de reuniones dije sesiones y una compañera hizo su lectura. Dijo: Sesiones de biblioteca.
La biblioteca, ¿nos hace hablar?
3
En la segunda clase de La lógica del fantasma Lacan refiere, a través de la paradoja de Russell, qué se pone en juego de lo escrito cuando se lo dice. La paradoja consiste en que un significante pertenece al campo del lenguaje y al mismo tiempo se pretende como letra, como marca que bordea un goce. “La contradicción y la diferencia están excluidas de lo escrito”. Surgen al decirlo. Este rasgo está presente en la fórmula del fantasma. En tanto escritura, hay que hacerla hablar en el análisis.
4
La función de la Biblioteca en la Escuela no es algo dado y estático, está a la espera, una espera que es activa en tanto la Secretaría cumple con su función, entre otras, de enlace con las prácticas de la Escuela, su función en la transmisión del discurso del psicoanálisis. El escritor Ricardo Piglia decía que leemos a la misma velocidad que en la época de Aristóteles. Ese universo escrito en diferentes formatos, que constituyen la Biblioteca, construida y actualizada por el trabajo de las sucesivas secretarías y de su bibliotecaria, invita a que nos detengamos a leer cada vez aquello que nos interesa y que lo hagamos propio, única forma que esté vivo en el lazo de intercambio con otros analistas. La Biblioteca también es un lugar receptivo de los textos y libros escritos por quienes hacemos la Escuela.
Como efecto de transmisión, lo que mueve la Biblioteca, lo que le da existencia es una corriente transferencial hecha de amor al discurso del psicoanálisis y a la Escuela. Transferencia que también está hecha de amor y agradecimiento a la palabra escrita y sus autores.
La Biblioteca está viva y activa, cuando, transferencia mediante, la hacemos hablar y, en el mismo movimiento, la Bibliotheque nos hace hablar, tomar la palabra, también escribir.
30 abril, 2025 at 7:57 pm
Muchas gracias Ana! Me pareció muy bueno el escrito. La reflexión sobre la biblioteca en la Escuela.
Estoy leyendo también otro libro de la misma autora se llama La Vegetariana, muy en relación con el decir del inconsciente.
Me gustaMe gusta
30 abril, 2025 at 8:00 pm
Hermoso texto Ana, gracias.
Me gustaMe gusta
8 febrero, 2026 at 8:56 pm
Excelente Ana querida tu escrito! Haber tomado La novela La clase de griego para dar cuenta de lo que querias transmitir ha sido muy adecuado.Ella es una novela que reune la dureza y la maravilla al mismo tiempo y que oficia ajustada mente a la función de la Biblioteca en nuesta Escuela. El amor a las palabras va de la mano de nuestro deseo de analistas. Felicitaciones!
Me gustaMe gusta
8 febrero, 2026 at 8:59 pm
Graciela Zagarese
Me gustaMe gusta