Por M. Cristina Curuchelar

Para comenzar, quiero expresar públicamente mi agradecimiento a la EFA por la orientación obtenida en estos años en los espacios de lectura y discusión de textos y en los seminarios.

Este trabajo es consecuencia de las cuestiones que se vienen relevando en el grupo de lectura del que participo este año[1], cuestiones  en las que me sentí concernida.

Me pregunto: dado que leemos con otros, ¿de qué modo lo hacemos? ¿lo hacemos en la suma de lecturas de cada uno o en la pregunta que surge del cruce de posiciones de lectura que allí se sostienen  y que nos convoca a tomar posición?

El psicoanálisis nos enseña que si hablamos divididos por el lenguaje, el deseo, que es su consecuencia, nos vuelve responsables de lo que decimos y de las formas de traicionarlo.

El  síntoma, entendido como condición de existencia para todo ser hablante, implica aquello que sitúa al sujeto respecto de su modo de vivir en relación con los otros.

La consecuencia sintomal de un psicoanálisis no absuelve al sujeto, ni lo culpabiliza.

Al rehusar  su inocencia, el analizante disuelve su sentimiento de culpabilidad, porque reconoce así en su síntoma su implicación.

El gran Otro me pone en cuestión, me causa, no puedo hacer nada para romper esa captura, salvo comprometerme en ella y encontrar allí mi propia respuesta.

En el texto “La perversión y sus derivas”, Norberto Ferreyra nos recuerda que “lo real del síntoma no es su ideología…” y agrega algo que quiero destacar. Dice: “…siendo la ideología aquello que fabrica el rehusamiento…  rehusamiento que puede ser practicado en la política”.

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