Por Jorgelina Estelrrich

Si la peculiaridad que hace a una biblioteca es relativa al lector que la constituye y donde lo escrito es objeto de intercambio, de investigación, de difusión, en principio los modos de organización y funcionamiento que lo hacen posible no son ajenos a las medidas con las que se ajusta su construcción, disponiendo de un espacio común, constituyéndose este, una y otra vez, con algunos tramos ya hechos y otros por hacer.

Nuestra biblioteca no solo se va delimitando por los libros de los que se dispone, el trabajo de los textos y otros diversos materiales que la habitan, sino particularmente por los autores cuya obra nos orienta en la lectura y por la trama que entre escritores y lectores componemos y mantenemos en relación a la especificidad que hace a la formación de los analistas y en la transmisión de lo que el psicoanálisis nos enseña a partir del descubrimiento de Freud y la letra de Lacan, en el nombre de Masotta.

Es en razón de esto, que se abre a todos aquéllos con los que, también pueda extenderse hacia otros ámbitos de la cultura, tanto sea de la ciencia como del arte o de otros saberes que la discursividad de nuestro tiempo pone en juego.

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