Por Analía Freiberg

No es sorpresa  para los lectores de Jean Claude Milner si ubico que en su obra “La política de las cosas” constata que “la Europa de hoy día no es lugar para los seres hablantes”. Bastante cercano a lo que acontece en nuestros pagos, “el gobierno de las cosas ofrece efectivamente grandes ventajas a quien quiere imponer el silencio. Dispensa de toda política”. ¿Será eso posible?  Lo que se puede afirmar como un hecho, siguiendo la lógica del texto, “la mentira es que las cosas hablen”, confundiendo la función de la palabra con lo que se extrae de “cuestionarios, manuales de estadística para principiantes, reglamentos inextricables, léxicos artificiales y sintaxis mezquinas, jirones de pidgin, así se compone, a la manera de Arcimboldo, la figura del experto, indefinidamente variada e indefinidamente monótona”.

Me detengo en Arcimboldo, que tal como queda presentado en esta versión milneriana, me remite a una botica, en el sentido de haber o tener gran surtido de cosas diversas. Por unos cuantos meses, me apoyé en esta versión casi con cierto desdén por su obra, hasta que con sorpresa encontré un libro de Roland Barthes, “Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos, voces”, en el que le dedica un capítulo: “Arcimboldo o el retórico y el mago”

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