Por Marisa Plástina
«Lo único abundante en casa eran los libros: había libros de pared a pared, en el pasillo, en la cocina, en la entrada, en los alféizares de las ventanas, en todas partes. Miles de libros en cada rincón de la casa. Se tenía la sensación de que si las personas iban y venían, nacían y morían, los libros eran inmortales. Cuando era pequeño, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reykjavik, Valladolid o Vancouver».
Una historia de amor y oscuridad. Amos Oz
Freud aconsejaba para la formación de analistas, además del análisis personal, la literatura.
Aconsejaba leer.
Siempre comentaba algún texto que le hubiese impresionado en sus desarrollos teóricos y la novela era un modo de relato del que disfrutaba.
Lacan, además de llevarnos por la lingüística, las matemáticas y la filosofía, se interesaba por el modo de decir de los poetas.
Ambos coincidieron en seguir el camino de la lectura.
¿A dónde nos lleva leer, una novela, un cuento, un ensayo…? ¿Qué pasa cuando leemos? ¿Qué leemos en un análisis?
El analizante despliega, como dice Lacan en “Funcion y campo de la Palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, “…aquellas palabras que lo atan a su historia.” Como lector de su propia historia, lee las marcas de su constitución subjetiva. Como niño ha sido situado en relación a una posición discursiva de los padres, ha sido hablado. En definitiva está ahí para “aprender algo, para que el nudo se haga bien”, dice Lacan en el Seminario 21. Esta lectura generará puntos de fijación en los que la pulsión quedara anudada a cierto goce, goce provocado especialmente por lo visto y oído.
Amos Oz, escritor israelí, candidato al Nobel de literatura durante varios años y ganador de numerosos premios, como el Goethe y el Príncipe de Asturias, dice que un “mal lector, quiere saber de inmediato qué hay detrás del relato, quién se coge a quien, quién se opone a quién…” y en otro lugar dice, “el mal lector quiere arrebatarme el final, quedarse con la última palabra”. [1]
Como contrapartida, Oz nos dice que “conviene buscar en el terreno que está entre lo escrito y el lector”. Buen lector sería aquél que va creando una trama, aquél que teje ese espacio “entre” el texto y él.
¿Qué sucede en un análisis?
En la Carta 52 a Fliess, Freud transmite la idea de cómo se origina el aparato psíquico en distintos procesos de estratificación: “…el material existente en la forma de restos mnemónicos, experimentaría de tanto en tanto, un reordenamiento de acuerdo con nuevas relaciones, una transcripción. Así, lo esencialmente nuevo en mi teoría es la afirmación de que la memoria no se encuentra en una versión única, sino en varias; o sea que se halla transcripta en distintas clases de signos.”
Lo ilustra con el esquema conocido como esquema del peine, ubicando el inconsciente en el medio. Y aclara: “conciencia y memoria se excluyen.” Los signos de percepción como una primera transcripción de las percepciones -insusceptibles de conciencia-son el soporte de las segundas que ya nombran al inconsciente. Esta primera transcripción es letra y tiene como referencia la represión.
Volviendo a la lectura, ¿tiene el psicoanálisis una teoría de la lectura?
No hay malos y buenos lectores como nos propone Amos Oz, pero hay lectores.
El inconsciente no es otra cosa que un texto a leer, un saber constituido por la articulación significante, que se actualiza en tanto haya un lector dispuesto a hablar. Entre lo que lee y lo que está escrito se irá armando esa trama en la que el objeto tendrá terreno donde desplegarse. Así el analizante pondrá en juego su lectura respecto del deseo del Otro.
Será la palabra la que le permita hacer su trabajo de lectura. El analizante hará su trabajo y el analista posibilitará al analizante que lo haga, que se escuche.
En el seminario 17, El reverso del Psicoanálisis, Lacan dice que el psicoanálisis no propone un metalenguaje, lo que nos daría la ilusión de una correspondencia de la palabra con la verdad. Propone una lectura que no añade ni aclara, sino que como dice Freud actúa por “vía di levare”. Una lectura que conduciría a una separación del goce incluido en las marcas que jalonaron la historia del analizante.
En el Seminario 20, Aún, afirma que se trata de saber lo que en un discurso se produce por efecto de lo escrito: “si algo puede introducirnos en la dimensión de lo escrito como tal, es percatarnos de que el significado no tiene nada que ver con los oídos, sino solo con la lectura, la lectura de lo que uno escucha de significante. El significado no es lo que se escucha. Lo que se escucha es el significante. El significado es el efecto del significante”.
Entonces, que el analizante lea en su texto construido mientras habla. Se desprende de esta idea que no está todo escrito en el inconsciente, de que hay una inscripción, una marca que fija algo que falta. El inconsciente es un saber que no se sabe.
En el momento de la enunciación, en ese acto, el sujeto inventa el significante, a partir de algo que está ya ahí para ser leído.
El analista se ubicará en esa posición de poder recibir lo que está dicho entre el enunciado y la enunciación. Amos Oz nos decía poder armar el lugar entre el texto y el lector. El analista ubicado en el “entre”, va a leer con su escucha la enunciación y ahí se apoyará para hacer con lo que lee.
Para Norberto Ferreyra “que el analista esté “entre” el enunciado y la enunciación quiere decir que es el lugar donde se va a constituir el sujeto como tal…” “El estar en la posición “entre”, implica no hacerse sujeto de aquello que dice”.[2]
De este modo, dice Lacan en el Seminario 19 …ou Pire, que el analista ocupa el lugar del semblant , no hace semblant, ocupa ese lugar. Su posición es la de semblant de “a” en el discurso del analista.
Desde esta posición, el analista será el responsable de una lectura que no pretenda la última palabra, pues no la hay. Como dice Amos Oz, “un lector que no pretenda arrebatarme el final”.
[1] Amos Oz. Una historia de amor y oscuridad. Ed. Siruela. Año 2002
[2] Norberto Ferreyra, Para entrar al discurso del Psicoanálisis, curso dictado en la EFA, clase correspondiente a Abril de 2017.
30 noviembre, 2025 at 8:03 pm
Gracias, me gusta encontrar estas perlitas, al pasar!!
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