Por Marcela Ramunni
En Los años felices Piglia cuenta: “Mi ilusión es tener todos los libros a mano para usarlos cuando una necesidad práctica lo exija, elegirlos cuando mi lectura sea apropiada y esté disponible para ese libro y no otro. Por lo tanto, mi biblioteca y los libros que compro no son para leerlos ahora, sino para una lectura futura que yo imagino que encontrará su lugar en un volumen que he comprado años antes. Una idea que se sostiene en mi tendencia a ver en el presente los rastros del porvenir (y estar preparado)”
Piglia sostenía que el lector, tal como él, es como un detective, un explorador de pistas en cada línea, un buscador de secretos que, entre idas y vueltas, intenta desentrañar el enigma antes de que acaben las páginas. Aquel que se pone a jugar con las múltiples opciones, como forma de mantener siempre viva la búsqueda. Tal vez sea eso lo que más se revela en el acto de leer, esa sensación de que uno nunca termina de saber si está yendo hacia adelante, hacia atrás o hacia algún lado que todavía no existe. Un hacer con el tiempo. Con Piglia, asistimos a la experiencia del acto que su vida de escritor realiza y que hace eco en el cuerpo de cada lector.
Esa misma travesía era la que él vivía en sus propias compras de libros. En sus diarios, Emilio Renzi revela cómo la búsqueda de autores como Walter Benjamin, Proust, Lévi-Strauss, Xul Solar, Gombrowicz, Flaubert, Freud o Pavese, no era solo una cuestión de colección, de atesorar esos objetos, sino un modo de arriesgarse, de explorar posibilidades y, libro tras libro, reconstruir su biblioteca, su escritura y, en cierto modo, sus propios días, los felices y los no tanto.
Nos ficciona un tramo de su historia: “Mi primer recuerdo es la imagen de mi abuelo Emilio sentado en un sillón de cuero, aislado, ausente, con un libro en la mano; parecía dormido con los ojos abiertos. Yo estoy parado ahí, en la zona más secreta de la casa, sin saber qué hacer. Tengo tres años. Esa tarde, sin que nadie me vea, me trepo a una silla, y bajo de una de las estanterías de la biblioteca un libro azul, después salgo a la calle, y me siento en el umbral con el libro abierto sobre las rodillas. Yo estaba ahí, como si leyera, cuando de pronto una larga sombra se inclinó sobre mí y me susurró que tenía el libro al revés. Pienso que debe haber sido Borges, que solía pasar los veranos en el hotel las delicias de Adrogué, porque a quién, sino a él, se le puede ocurrir hacerle esa maliciosa advertencia a un chico de 4 años, que no sabe leer”
Entrar en una biblioteca, invita a dejarnos hacer por sus textos, sus colores, sus formas. Sumergirnos en el laberinto de sus letras, entre tintas del pasado y el futuro que se tejen mutuamente. Un nombre, el de Oscar Masotta nos oficia de faro en nuestra Biblioteca para ese recorrido.
Entremos entonces, las puertas están abiertas
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