Por Alicia Hartmann

Los que escribimos sobre psicoanálisis hemos generado nutridas lecturas, y una gran variedad de artículos que siguen distintas posiciones en relación con la obra de Jacques Lacan. Creemos que su enseñanza atenúa la complejización que produce la publicación de un caso o situación clínica. Lacan nos propone una lógica de la cura que revierte la lógica de una presentación, contribuye a desdibujar relatos y situaciones no necesarias para dar cuenta de la operación del analista.

Cuando escribimos sobre cómo se trabaja la transmisión de un caso, siempre bordeamos lo intransmisible de una experiencia. Esta es una de las tantas aristas desde donde el psicoanálisis mismo es una práctica de lo imposible. Esta frase “traigo un caso”: difícil referirse de otra forma a los movimientos de un análisis, que no son otra cosa que operaciones en el seno de una transferencia. Operaciones que ubican una posición del analizante con relación a la verdad, a la alienación -con relación a la cadena significante- y al saber en tanto son ejes; y cómo interviene el analista en relación al Otro y a la falta.

Si se trata de un relato, no está fuera de un mundo de ficción; hay autores que sostienen que aún los textos teóricos en disciplinas humanísticas son ficcionales. A veces se ha intentado utilizar algunos de los llamados matemas que nos permiten precisar, creemos, una lectura más o menos conjetural de un fragmento de análisis. Una cosa es pensar que todo relato es ficcional, así el existencialismo cultivó la novela filosófica: Sartre, Camus; y otra cosa es transmitir en forma discursiva un estilo dramático que cree impacto estético.

Esa estética puede llevarse a los límites de la literatura fantástica, Freud la denominó estética del horror. Reservamos al genio de Hoffmann el mérito de haber cultivado ese género y nos hacemos eco de la admiración de Freud y de su cuidadosa lectura de la cual surge el estudio de lo ominoso, siniestro, o umheilich. En el relato de El hombre de arena, la fragmentación de la imagen del cuerpo, la amenaza dirigida a los ojos, acompañada del descoyuntamiento de brazos y piernas, y la repetición de la escena <vendo bellos ojos>, hace extender esta magistral ficción a fantasmas que pueden producirse en la neurosis o psicosis; considerando posible rearmar el imaginario corporal en el trabajo del análisis.

Curiosamente una fragmentación semejante adquierecarácter cómico en un dibujo animado, no hay pánico frente a la cola cortada de Tom el gato o del Pato Donald; y produce risa<cuando le corten la cabeza y dé algunos pasos en el corral>, Seminario V, Lacan. Creemos que es parte de la lógica de una cura el trabajo sobre lo especular que aparece estructuralmente en los niños y también es parte de esa lógica el tránsito por momentos de fragmentación. El pánico puede tomar un carácter proyectivo -invertido, dirigido en el analista- para lograr luego con alguna operación la unificación.

En cierto tipo de transferencias, casi con un patronímico definen a los niños kleinianos, casos donde la modalidad proyectiva es permanente. Lacan, desde el primer seminario propone salir de los embates agresivos que el tratamiento kleiniano generaba y exacerbaba[1]. A niños muy difíciles Melanie Klein les interpretaba desde la puerta del consultorio. Es importante diferenciar lo que ubicamos como transferencia simbólica, un lugar en el tesoro del significante que aspira a conmover la identificación especular. Una operación sobre la cadena hace salir de esa posición tautológica que busca un neurótico; ya que el significante no se significa a sí mismo, tal vez, efecto de una intervención desde lo simbólico pueda constituirse un sujeto, diferenciando la identidad que lo perturba. La cadena corre y el analista produce en tanto no intente cerrar con una “interpretación edípica inteligente que conjugue un efecto de significación”. Conocemos el riesgo de esas intervenciones por la identificación masiva de Richard con Klein[2], pueden producirse una serie de agresiones imparables, sería transferencia, resistencia del analista.

Retomando la escritura, los que nos dedicamos al psicoanálisis a veces escribimos, algunos tienen el don de escribir bien, y aunque no se pretenda, si se escribe con mérito literario es mejor para deleite del lector. Sin embargo, en algunos otros está el uso de figuras y estilo oscurantista; sin tratarse del desciframiento que Lacan utilizó para pensar el trabajo con el inconsciente; ese modo sólo ha servido para sembrar confusión y tornar complejo el lugar de transmisión o de enseñanza[3] que puede tener lo que se publica.

Para el lector, hay variantes desde donde se puede pensar el encuentro con un texto. Leyendo a Barthes en Variaciones sobre la escritura, coincidimos con que un texto está históricamente ligado a un mundo de instituciones: derecho, Iglesia, literatura, enseñanza. El texto adviene fácilmente objeto moral, es el escrito como participante del contrato social y tiene un atributo inestimable, la seguridad. En estos pasajes de Barthes no podemos dejar de pensar en que toda lectura está amenazada por la pregnancia de los ideales del lector, aunque Barthes precisa que comunicar un saber o una reflexión teórica sobre un texto supone participar de una manera u otra en la práctica textual generando lo que se llama lectura productiva.

No se puede confundir la obra con el texto, por lo tanto, es posible decir que en tal obra hay, o no, texto. Esto parece destacable porque no siempre que escribimos, producimos texto. La teoría del texto intenta separar los géneros de las artes y concluimos que hay enunciaciones de las cuales el autor es sujeto y este es un lugar compartido con el lector que parece ser autor de su propia lectura.

Desde otra perspectiva, Pierre Bourdieu estudiará el valor del campo de poder, campo intelectual, hábitos de clase. No es lo mismo que un analista escriba para divulgación a que lo haga en publicaciones en el medio analítico con efecto en las generaciones que se inician. O que se publique un conjunto de artículos que dan cuenta de la secuencia de una trayectoria personal, donde un caso puede articularse con otros referentes de lectura, y en eso considerar también, a quién se dirige un texto o a qué lectores se les direcciona una escritura, a veces como dice Bourdieu eso mismo delinea un valor y un campo.

Si no nos proponemos ser no incautos con el inconsciente también pensemos de ese modo con nuestras lecturas, ya estamos alertados de la trampa que el relato ofrece, que es fácilmente susceptible de críticas por el pathos que despierta. Aun así no desestimar el trabajo hecho sobre el texto, aunque fuese un mero ejercicio intelectual ya que la verdad siempre tiene estructura de ficción.


[1] Una posición en la transferencia que permitió pensar otra clínica con pacientes graves.
[2] Conjetural N° 6 –Notas sobre el fin de (algunos)análisis en los niños. J. T. Palant Ed. Sitio, 1985.
[3] Diferenciamos transmisión de enseñanza.