Por Alicia Hartmann

La muy mencionada conferencia de Michel Foucault ¿Qué es un autor? dictada por el filósofo francés el 22 de febrero de 1969 en la Societé Française de Philosophie está precedida por el trabajo de Roland Barthes La muerte del autor, donde el entonces colega de Foucault postula que todo texto escrito, una vez realizado, no pertenece al autor, sino que es patrimonio dela cultura universal, y sobre todo del lector. En este ensayo de 1967 Barthes pretende poner en duda la autoridad, la autoría que se le adjudica al autor y el significado único y último de un texto.

Más allá del preciso desarrollo de Barthes, que ha sido considerado “un gran pedagogo en el arte de escribir”, muchos son los pequeños textos reunidos en Variaciones sobre la Literatura, Variaciones sobre la Escritura, Ensayos literarios y otros. La referencia a Mallarmé se hace necesaria porque es quien descubre que es el lenguaje quien habla, y no el autor. Toda su poética suprime al autor en beneficio de la escritura.

Resumimos con una cita “un texto está formado por escrituras múltiples procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación, pero existe un lugar donde se recoge esa multiplicidad y ese lugar no es el autor, como se ha dicho hasta ahora, sino el lector. La unidad del texto no está un su origen sino en su destino.

Es importante que las cartas lleguen a destino, lo sabemos los psicoanalistas. Recordaba la obra de Mauricio Rosencof  “Les lètres qui n’arrivent pas”.   Rosencof fue compañero de prisión del gran Pepe Mujica, y es para pensar a partir de  su gran producción, que la idea de Celan de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz, cuestionada por Adorno, es relativa, porque muchos que sufrieron padecimientos de distintos totalitarismos han sobrevivido justamente parafraseando a García Márquez Vivir para contarla.   Para contar esas historias de pérdida de dignidad humana y que se hagan nuestras en la lectura.   Algo similar nos dijo Imre Kértesz, que sin la posibilidad de recurrir a la ficción de la novela se hubiera vuelto loco.  Creemos que esos autores no necesariamente escriben como autores, poco importa el nombre propio, persiguen el deseo de dejar a la humanidad un testimonio del horror sufrido.  Una cuestión que parece de suma importancia en nuestra época frente a la apertura gloriosa de Guantánamo para inmigrantes, que alojará a supuestos criminales.  Es el mundo en que todavía vivimos hoy y seguiremos viviendo.

Pero volviendo a Barthes, rescatamos otros párrafos interesantes. Su punto de partida es Balzac y Mallarmé. Y su tesis es que el autor es producido por la sociedad. El autor es un personaje moderno, propio de la literatura positivista posterior a la Edad Media, que conjuga el empirismo inglés con el racionalismo francés, y Barthes concluye que es propio del capitalismo (Barthes era proclive a las ideas marxistas más que Foucault, aunque más adelante se alejó de las ideas de izquierda). Un texto no está constituido por una pila de palabras que dependen de algún designio teológico, el autor “Dios” es diferente a pensar un espacio de múltiples dimensiones que mezcla distintas  escrituras. La muerte del autor (muerte de Dios) que cuestiona la figura del autor como elemento central de la interpretación del texto no apunta a su muerte sino a su descentramiento.

Es el lector el que trabaja con las “huellas” que deja cada texto. El lector es agente activo y cada lector se “encuentra” en su singular lazo con el texto. En esto podría encontrarse en Barthes lo que Foucault llama “el cerrojo del olvido”.

El trabajo de Foucault es diferente, no habla de la muerte, no es tan taxativo. Comienza con esa pregunta becketiana ¿Qué es un autor? Esa pregunta remite a la interrogación por el sujeto. Foucault se pregunta, Barthes afirma. Es diferente el lugar de enunciación.

La conferencia está plagada de múltiples referencias, sabemos qué Lacan asiste a la Conferencia.

El elocuente trabajo de Jean Allouch, que es parte del libro “Letra por letra” precisa que Lacan no es freudiano antes de reconocer el retorno, pero sí es freudiano porque reconoce como hipótesis la razón del inconsciente. Igualmente es interesante leer en su tesis de doctorado como la segunda tópica jalona el final de la misma en 1932. Aún cuando el retorno a Freud sabemos se ubica en relación a la primera tópica. Si Lacan comenzó por ser lacaniano, según Allouch, inspiraron su recorrido los primeros historiales freudianos. En el estudio que hace de Aimeé es el eje la autopunición, el peso del superyó en juego conduce la investigación  sobre Aimeé. ¿Qué pregunta se gesta allí respecto del goce en el análisis: jouissance? Y pocos años después el Estadío del Espejo, narcisismo del cual depende la constitución del Yo, en 1936 en Marienbad. Sus comienzos, aunque de a poco, no son sin Freud.

Allouch sitúa la conferencia de Foucault de 1969 como una presentación de lo que el retorno a es hecho de discurso. Instituye así a Lacan como el que tomó a Freud en su retorno siendo Freud y Marx en nuestro tiempo instauradores de discursividad.

Esto está expuesto en la lección 12 del Seminario De un Otro al otro. Se continúa todo este desarrollo en el Seminario siguiente El Revés del Psicoanálisis a partir de Los Cuatro Discursos. “La esencia de la teoría psicoanalítica es un discurso sin palabras“ subraya Lacan al comienzo del Seminario De un Otro al otro ¿discurso sin palabras? Se pueden escribir los cuatro discursos con una serie de matemas que arman una lógica más allá de las palabras. Recordamos acá que la lógica es la necesidad de producir discurso. Pero a la vez en la esencia está el objeto a, que es una verdadera letra porque es un operador lógico por fuera del significante y su lógica es su esencia ya que no se trata de la existencia que atañe al sujeto del inconsciente. Lacan en su comentario sobre la Conferencia pone en la copela de las múltiples referencias también las palabras y las cosas de Foucault. Recordemos que la palabra copela, que nos resulta extraña, es una vasija hecha de huesos calcinados -restos- que se usaba para trabajar el oro y la plata, un crisol para trabajar metales preciosos. Pienso que lo precioso aquí es precisar estos instauradores de discursividad: Marx y Freud. ¿Cómo define Allouch a los instauradores de discursividad? Define el acto instaurador que con un solo movimiento: 1 crea una obra, 2 funda un discurso, 3 se deja (se presta para?) ser olvidado como acto, 4 posee los elementos que permiten la localización del olvido, 5 otorga su levantamiento como posible.

Es decir sostiene el cerrojo del olvido que el retorno a …, tal vez habilite a abrir.

La fundación del discurso da la posibilidad de que otros enunciados vengan a escribirse en su discurso, si tiene la función de reunión que es parte de ese retorno del olvido primario, el fundador del discurso solo es reconocido en su acto donde uno se encuentra como autor de su propio texto, o sea como lector.

¿Podría pensarse que la instauración de discurso puede hacerse extensiva a los que se dedican a presentificar en su transmisión de qué se trata la experiencia del análisis, o sea la práctica del psicoanálisis?.

Esta pregunta me hizo pensar en la obra de Norberto Ferreyra en relación a la fundación de la Escuela Freudiana de la Argentina, que en estos cincuenta años ha hecho marca en la historia del psicoanálisis de la Argentina. Si bien somos muchos lo que practicamos el psicoanálisis siguiendo la enseñanza del texto freudiano y lo que Lacan transmitió a lo largo de los Seminarios donde la hipótesis del inconsciente que compartimos nos posibilita una infinita relectura, de la obra de Ferreyra y aportes muy decididos de Anabel Salafia convocan a muchos a una pregunta permanente y abierta sobre la propia práctica.

Anabel Salafia con su texto El fracaso de la negación da prueba en su escritura de ese retorno a El Proyecto en Freud, a El Proyecto según Lacan que invita a múltiples relecturas y lazos con muchos otros textos freudianos. El cerrojo del olvido atraviesa este texto porque se puede recurrir a él infinidad de veces.

Cuando digo instaurar discursividad en la práctica analítica me refiero a poner en juego cómo el discurso del analista se puede transmitir en el ámbito de nuestra escuela. ¡Qué lejos está de todo discurso universitario! y sólo tiene relación con el discurso del Amo en términos de ser el que sostiene la hipótesis del inconsciente. Ferreyra, Salafia, hablan, escriben como analizantes.

Desde ese sesgo tan singular se lee la clínica como lo que ocurre en un psicoanálisis. Leer la obra de Ferreyra conduce al lector a cómo se posiciona como analista. Leerlo permite pensar cómo trabaja con sus analizantes.

Allouch nos dice: el sueño lee y escribe. Estos textos a los que me refiero se escuchan, se leen, y generan escritura en el sentido literal de la palabra y marcas en aquéllos que los siguen e intentan ocupar el lugar de analistas. Se los cita muy a menudo y eso no es sumisión al Amo, eso es justamente que el retorno a es propio del cerrojo del olvido y tiene que ver con esto que llamamos instauración de la discursividad. Es muy diferente armar trabajos con los buscadores de citas que pensar alrededor de lo que ya fue pensado y tal vez dicho con otras palabras producto de una singular experiencia. Esa cierta comunidad interdiscursiva de la que hablan Foucault y Barthes. Intentar decir que es un psicoanálisis, como uno lo practica, está lejos de toda doctrina y de todo regodeo con el saber, que deja de serlo para pasar a ser conocimiento.

Para terminar tomo un solo texto de los muchos de Ferreyra: la pregunta ¿Dónde estamos en el decir? nos conduce a como pensamos la política del síntoma y eso se entrelaza con lo que Anabel Salafia ha insistido, que el psicoanálisis nace con el capitalismo y es su interpretación. Cito nuevamente: el psicoanálisis colabora en hacer(se) bien, para que cada quien se haga responsable y así construya su modo de vivir.

Con esto finalizo: analista puede ser cualquiera … no cualquiera puede ser analista. De eso da cuenta ese lazo entre la producción de Ferreyra y Salafia. Por eso esta escuela está viva y eso es un acto tal como dice Allouch, y seguirá más allá de los obstáculos, porque hay discurso, hay cerrojo del olvido y hay retorno a …  Es todo.