Por Pablo Di Giovanni

“Es poco dudoso que las generaciones del siglo XXII y las previas, esperémoslo, no sientan la misma turbación ante la inflación de la burbuja financiera, que enriquece al dinero y empobrece a los hombres, que nosotros ante los sacrificios humanos de las religiones andinas.”
Pierre Bruno, “Lacan pasador de Marx”

“Hay una cuestión con la deuda y una administración teológica de las cuestiones del mundo completamente vigente, y es groseramente evidente que la economía depende de una teología.”
Anabel Salafia, “El fracaso de la negación”

¿En qué nos concierne todavía hoy, a 120 años de su primera aparición en forma de ensayos, La ética protestante y el espíritu del capitalismo?

En principio, su lectura se enmarca en el diálogo abierto acerca de la ética en el Curso de Verano 2025 de la Escuela Freudiana de la Argentina “Discurso del psicoanálisis: ¿una ética para nuestro tiempo?”.

En segundo término, la idea de que una transformación en el plano de la teología, de la concepción de la relación del hombre con Dios, de la concepción de lo que Dios espera del hombre, puede tener efectos sobre las conductas y contribuir a una transformación de la realidad interesa en el punto en que puede ser leída en términos de la relación entre el discurso y el lazo social.

Una última cuestión, en sintonía con las dos citas que abren este texto, es que la lectura de La ética protestante contribuye a situar uno de los puntos, a mi juicio, centrales de la subjetividad de nuestra época que no puede ser dilucidado sin el psicoanálisis: el capitalismo que se presenta como sin salida, sin alternativa (1), no deja de traficar en su necesariedad un deber moral respecto de un Otro que exige una acumulación sin límites.       

Weber escribe este conjunto de ensayos en un momento en el que el capitalismo ya se impuso como modo de producción y transformó al mundo. Debe, entonces, hacer un esfuerzo para demostrar lo que ya en 1904 no es de ningún modo evidente: que el espíritu capitalista, que define en oposición a un espíritu tradicional, no es producto de un proceso de laicización, de un volcarse al mundo, como podría suponerse desde el sentido común, sino que es catalizado por modificaciones que se dan en el plano de la teología en el marco de la reforma protestante, y tiene en su origen una relación ascética, casi monacal (2), respecto al trabajo.

“… El summum bonnum de esta ‘ética’ (que es la adquisición de dinero y de cada vez más dinero evitando todo disfrute ingenuo), es pensado tan por completo desprovisto de punto de vista eudemonista o incluso hedonista, tan puramente como fin en sí mismo, que aparece como algo completamente trascendente e irracional frente a la ‘felicidad’ o al ‘provecho’ del individuo. El ser humano queda referido al lucro en tanto que objetivo de su vida; el lucro ya no está referido al ser humano en tanto que medio para el objetivo de satisfacer sus necesidades materiales de vida. Esta inversión del estado de cosas ‘natural’ (si es que se puede hablar así) que es completamente absurda para el pensamiento ingenuo, es un motivo conductor del capitalismo con la misma fuerza con la que es ajena al ser humano no tocado por el hálito capitalista” (3).

 En el párrafo citado Weber define lo que hace al espíritu capitalista en su ruptura con el modo tradicional de conducirse en relación al trabajo. Se produce una inversión de medios y fines entre el trabajo y el goce de la vida. Es importante subrayar el carácter ascético que toma el trabajo: sus frutos no son para el disfrute, se trata de acumular más y más. Señala Weber que tampoco se trata de simple avaricia.

El autor muestra en el desarrollo de la obra cómo este cambio de actitud respecto del trabajo depende de un debate teológico que se da en el marco de la Reforma concerniente al tema de la salvación. Sucintamente, a partir de Calvino se introduce el tema de la predestinación: ya está jugado desde antes de la partida quienes serán los salvados y quienes los condenados (4). El trabajo aparece como el modo de extraer una certeza frente a la incertidumbre respecto de la vida eterna (5).

“Cuando aquel Dios al que el puritano ve operante en todas las situaciones de la vida muestra a uno de los suyos una oportunidad de ganancia, ha tenido sus razones y, por lo tanto, el cristiano creyente ha de seguir esta llamada aprovechándose de ella” (6). A partir de esta concepción se da por tierra con los prejuicios tradicionales acerca del afán de lucro: enriquecerse es signo de la buena voluntad de Dios. El ser humano es administrador de la posesión que le ha sido confiada y cuanto más grande es la fortuna, mayor es la obligación de acrecentarla mediante un trabajo incesante (7). Negarse a este llamado es como querer estar enfermo (8) y es signo de falta del estado de gracia.

Weber concluye el texto con una descripción del estado de la situación en su época, en la que el espíritu religioso que animó la transformación del mundo ha sido dejado de lado una vez que el capitalismo funciona sobre bases puramente mecánicas (9): “Lo que aquella época del siglo XVII tan viva en sentido religioso dio a su heredera utilitarista fue sobre todo una conciencia inmensamente buena (digamos sin más, farisaicamente buena) al ganar dinero si esto sucedía de una forma legal” (10). “El empresario burgués que se mantenía dentro de los límites de la corrección formal, que era irreprochable en sus costumbres y que no hacía un uso escandaloso de su riqueza podía seguir sus intereses económicos e incluso debía seguirlos” (11). 

De la lectura de La ética protestante puede extraerse sin forzamiento la estructura sobre la que reposa la religión capitalista: el puritano capitalista trabaja, a diferencia del Amo antiguo. Trabaja para un Otro del que no es más que el administrador, sin derecho al goce del producto de su trabajo. Debemos, entonces, situar al cristiano protestante como S2 en el lugar del Otro en el discurso del Amo. Mientras que Dios, para cuyo engrandecimiento trabaja, se ubica como S1 comandando el proceso en el lugar del Semblant. a, el producto, es dinero, de cuyo goce el capitalista se ve privado y que es para S1. Es interesante  destacar una diferencia que se plantea en el estatuto de este a respecto de la  estructura  del Discurso del Amo clásico que Lacan extrae de  la relación de vasallaje en su lectura de Hegel: no se trata de un producto consumible, como lo es el producto del trabajo del Esclavo antiguo, es dinero producto del dinero (inversión) y destinado a acrecentar el capital en un proceso de reinversión infinita, sin pérdida.

Para Weber el capitalismo, una vez que subvierte el mundo del trabajo y se vuelve dominante pierde su raíz religiosa y pasa a funcionar sobre bases mecánicas, esto es, sobre la base de la competencia: quién quiera llevar su empresa del modo tradicional está condenado a la quiebra. La angustia religiosa, que dio el impulso inicial, deja de ser necesaria y el sistema funciona por sí mismo.

Es imposible no acordar con Weber en el punto en que a nadie podría ocurrírsele algo más lejano de la angustia religiosa, de la preocupación piadosa por la salvación del alma, que un gran capitalista, al menos en lo que lo empuja a seguir acumulando. Sin embargo, la cuestión que se nos plantea es si el pasaje de ese primer tiempo original al tiempo en que escribe Weber y, aún más, a nuestros tiempos, en que el capitalista ya ni siquiera está constreñido a guardar las formas del buen burgués conservador, implica o no una transformación estructural.  

 Lo que podemos decir es que el hecho de que no se trate más de Dios queriendo el engrandecimiento de las fortunas y que no se trate ya de buscar signos de la salvación en el éxito en los negocios no quita que el capitalista ubicado como S2 siga regido por un deber moral al servicio de un S1 que demanda que el dinero genere más dinero. Quizás lo que vuelve opaco el elemento religioso de la racionalidad en la que estamos sumergidos sea que quien ocupa el lugar de S1 ya no es el Dios bíblico, si no un dios oscuro, el Capital, un dios que exige ser alimentado incesantemente.  

Una de las diferencias entre nuestros tiempos y la época en la que escribió Weber es que el capitalismo se presenta hoy como una lógica irracional (12), pero inapelable, sin alternativa. Excede las posibilidades de este texto plantear si una salida al capitalismo es o no posible, pero sí podemos decir, siguiendo a Osvaldo Arribas en su clase del 17 de enero de 2025 del curso de verano, que al deber moral que queda del lado del superyó el psicoanálisis le opone la ética del deseo.

Referencias y Citas

1- Fisher, M. “Realismo capitalista ¿No hay alternativa?”
2-“Para la religiosidad calvinista era acertado que Sebastián Franck encontrara que cada cristiano tenía que ser un monje durante toda su vida”. Weber, M.  “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Ed. Akal. 2013. Pág. 185.
3- Weber, M. Op. Cit.  Pág. 110.
4-“¿He sido elegido yo? y ¿cómo puedo estar seguro de haber sido elegido? Weber, M. Op.Cit. pág. 171.
5-“La falta de ganas de trabajar es un síntoma de que falta el estado de gracia”, “Tampoco el propietario ha de comer si no trabaja, pues, aunque no necesite el trabajo para cubrir sus necesidades, hay un mandamiento de Dios, al que el rico ha de obedecer igual que el pobre”. Weber, M. Op. Cit. Pág. 231.
6- Weber, M. Op. Cit. Pág. 235.
7- Weber, M. Op. Cit. Pág. 247.
8- Weber. M. Op. Cit. Pág. 236.
9-Weber, M. Op. Cit. Pág. 259.
10-Weber, M. Op. Cit. Pág. 254.
11-Weber, M. Op. Cit. Pág. 254
12- Irracional en el sentido en que lo plantea Weber, como inversión de la relación tradicional entre el trabajo y el goce de la vida (ver cita 3).