Por Agustín Muñoz Cabrera
Comencemos por una pregunta básica: ¿Qué es una biblioteca? La palabra, de origen griego remitía al armario, al mueble donde se guardaban en principio los rollos (volumina) y luego los libros encuadernados (códices). De designar al mueble pasará con el tiempo a las habitaciones que albergaban esos muebles. El término es transpuesto luego al latín y designa las nuevas instituciones fundadas por emperadores puestas a disposición del público (bibliotecas romanas). La historia es larga e intrincada. Sostengamos la idea de que las bibliotecas son un corpus textual, un conjunto de textos reunidos en un espacio que conserva ese mismo corpus textual.
La biblioteca por excelencia de occidente ha sido el Museo de Alejandría. Llamado así por remitir a las musas, las nueve hermanas cantoras divinas cuyos coros deleitaban a Zeus y que además presidían el pensamiento en todas sus formas. La función del Museo fue la de recolectar los volumina y conservarlos y a la vez elaborar catálogos que enriquecieran y favorecieran la manipulación de los datos. ¿Pero quién resultó el fundador del Museo? Antes de que Alejandro Magno conquistara su vasto imperio, había estudiado con Aristóteles en el liceo de Atenas y algunas hipótesis sostienen que fue el estagirita quien le habría sugerido la idea del Museo. Otra versión sostiene que fue Ptolomeo I Sóter, sucesor de Alejandro, su creador. Lo cierto es que Alejandría se transformó en un emporio donde transitaban mercados pero también pensadores, ideas, textos, y todos esos conocimientos convergían y fueron reunidos en el seno de aquella institución. Es que acaso, el Museo de Alejandría se propuso reunir, porque lo creyó posible, todos los libros existentes. Y Tal vez, la Alejandría del siglo III A.C., fue la única y última ocasión en que se pretendió hacer realidad el sueño de una biblioteca absoluta, que contuviera todos los volúmenes del orbe entero sin excepción, el sueño de una verdadera biblioteca universal.
Abundan las especulaciones acerca del final del Museo. Algunas versiones sostienen que fue incendiada, otras que fue decayendo gradualmente, otras que fue incendiada y luego reconstruida, que fue perdiendo progresivamente vitalidad y fuerza hasta su destrucción. Lo cierto es que esa prístina biblioteca se perdió definitivamente en el tiempo, que seguirá siendo el arquetipo de una biblioteca universal y que tal vez todas las bibliotecas que en serie le sucedieron desde aquellos inicios y hasta hoy día no sean más que copias imperfectas de aquella biblioteca perdida.
Pero dejemos por el momento aquellas lejanas historias y aproximémonos a nuestros días, a uno de nuestros barrios porteños, a uno de los personajes de nuestra rica literatura argentina.
Empleado de la Biblioteca Municipal Miguel Cané en el barrio de San Cristóbal, cumple su tarea de clasificar los libros que aún no han sido catalogados. Corre el año 1937. La superpoblación de empleados para la escasa tarea, el ámbito burocrático, el exiguo sueldo, lo sumen en una atmósfera sombría. Sus compañeros le exigen que trabaje menos porque los pone en evidencia. Es considerado un traidor por no participar de la comunidad de intereses. Ya es un escritor conocido y con fina ironía recuerda la sorpresa de uno de sus compañeros al encontrar en una enciclopedia el nombre de un tal Jorge Luis Borges y la coincidencia de sus nombres y fechas de nacimiento.
A pesar de las adversidades, aprovecha las horas del tiempo ocioso para leer y escribir, en el sótano, en la terraza. Es el contexto en el que varios de sus cuentos más célebres verán la luz. Entre ellos, “La Biblioteca de Babel”, según él, “una versión pesadillesca, kafkiana, una exageración de aquella Biblioteca Municipal”.
El cuento comienza con una especie de homologación entre el Universo y La Biblioteca, compuesta por un número indefinido de galerías hexagonales, una especie de colmena interminable que existe desde toda la eternidad. Todos los libros constan de elementos iguales: la coma, el punto, el espacio y las veintidós letras del alfabeto. Los anaqueles de la Biblioteca registran todas las posibles combinaciones de esos símbolos, y de ello se deduce que la Biblioteca es Total. Como consecuencia, nuestro autor enumera, para sus habitantes, una serie de desiguales reacciones: “…la primera impresión fue de extravagante felicidad; …no había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera…el Universo estaba justificado”. Por otro lado, contrapone a esa “desaforada esperanza” la sucesión de una “depresión excesiva”. En consonancia con ello, y más avanzado el cuento, nos dice que la certidumbre de que todo estaba escrito “nos anula y nos afantasma”, y paso siguiente menciona los cada vez más frecuentes suicidios. El cuento recrea la ficción de un universo simbólico sin hiancia, un Otro que no conllevaría ningún orden de falta.
En el breve ensayo “El idioma analítico de John Wilkins” (texto citado por Lacan para hacer referencia a la articulación de la obra borgeana con su discurso), Borges enumera una serie de intereses del obispo. Entre ellos, el de crear una lengua universal, con la particularidad de que, en ese lenguaje, toda palabra se definía a sí misma. Curiosa contraposición respecto de la imposibilidad del significante de significarse a sí mismo. Pero el obispo Wilkins no fue el único en proponerse tamaña tarea. Dante Alighieri, Ramón Llull, entre otros, buscaron infructuosamente crear una lengua perfecta, que permitiera suturar la herida sufrida por la maldición babélica, una lengua universal que consintiera a sortear la maldición divina que trajo como corolario la pluralidad de lenguas. El motor de tales empresas fue la esperanza de retornar a una lengua originaria, la lengua de Adán previa a la maldición, capaz de reflejar la naturaleza, capaz de resolver la brecha entre las palabras y las cosas, pasible de atemperar la discordia de los lenguajes.
Sabemos cuál fue el desenlace de tales utopías. Si el significante no se significa sí mismo el malentendido resulta inexorable. La añoranza de una lengua universal, el sueño de una biblioteca universal como el Museo de Alejandría, el sueño de una biblioteca total correrán la misma suerte: resultarán meras ficciones. Para ello, debería resultar susceptible de realización el fantasma de Mallarmé: ese libro absoluto que, según Lacan, englobaría toda la cadena significante. El mismo Borges en uno de sus ensayos echará por tierra esta idea: la literatura no es agotable porque el libro no es un ente aislado, incomunicado, sino un eje de numerosas relaciones (como el significante). De tal manera que no resultaría posible ninguna biblioteca total (no hay universo de discurso). Nuestro poeta bien lo sabía, para quien la noción de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio. Como dice Ricardo Piglia: “…leer como si el libro no estuviera terminado. Ningún libro lo está por muy logrado que parezca. No existe el texto cerrado y perfecto”.
Si Mallarmé sostenía que “Todo en el mundo existe para llegar al libro”, podemos contraponer a esa versión la del poeta Edmond Jabés, quien sacrificando ese absoluto nos dice: “Y si el libro no fuese otra cosa que la memoria, la memoria infinita de una palabra que nos falta”.
Texto presentado el 22 de agosto del año 2022, en la “Tarde de biblioteca”, organizado por la secretaría de biblioteca de la Escuela Freudiana de la Argentina.
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