Por Clelia Conde
La biblioteca es el ancla. Si algo está a la deriva de nuestro lugar o nuestro destino. La biblioteca se erige como ese faro intermitente que tanto nos dice de la luz del porvenir como del oscuro pasado.
La biblioteca no es del orden de lo útil, lo útil es apenas una excusa. Lo que podemos obtener allí apenas le hace mella, no la justifica. La biblioteca es un ser en sí y para sí. Si falta un libro se inclina el otro suavemente para tapar esa vergüenza, el pudor de no poder estar todos en pié, como es tan necesario. Queda trastabillada, pesarosa, su lomo se curva buscando orden. Lo que falta, le falta, y con eso nos enseña.
Maria Elena Walsh decía: no hay nada más humano que un diccionario. La biblioteca es nuestro diccionario, no está solo para consulta sino para su existencia, para la contemplación de lo que hemos sido antes de ser, para la visión de lo que seremos. Ya nadie existe en un tiempo en que grandes obras puedan ser leídas. No tenemos suficiente soledad, ni suficiente alegría. Pero nuestra alma sería más pobre y más mezquina si los libros no estuvieran allí, testimonio de un deseo que armó un presente.
En nuestro tiempo, sin casa, nunca temí por la enseñanza, que oral, se abriría paso por el medio que fuera, pero temí por nuestros libros y su lugar. Porque los libros son el lugar de lo que a veces podemos llamar nuestro sin retroceder. ¿Qué más claro podemos decir de cómo Lacan al nombrar su nudo se toma del ejemplo del libro que falta ? Si un libro no está en su orden está infinitamente perdido aunque su lomo asome a ojos vistas.
La biblioteca es lo presente y lo perdido, lo sabido y lo insabido de nuestro encuentro en esta práctica. Cuando miramos la biblioteca sabemos que estamos en casa, aunque no hayamos ni rozado la enormidad de sus páginas. Nuestra riqueza es su trayecto, su recorrido. Del tiempo a nosotros, siempre abierta al porvenir.