Por Ana Lanfranconi
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En las primeras páginas de La clase de griego, bella novela de Han Kang, asistimos a una narración poética acerca del modo en que la protagonista, siendo una niña de tres años, aprendió a leer. El texto destaca su asombro ante la misteriosa asociación entre imagen, sonido y cuerpo. Cautivada por el encanto de las vocales y las consonantes, pero especialmente por “la maravillosa promesa de los sobrecogedores sonidos asociados a esas letras”, la niña avanzaba emocionada con sus descubrimientos de la lengua coreana. Le gustaba que, para pronunciar la palabra bosque, su preferida, había que “entrecerrar los labios y dejar pasar el aire lentamente y cómo al final había que sellar los labios para que la palabra se completase en el silencio”.
Cuando salía de la escuela primaria iba a una biblioteca pública, y por las noches se quedaba dormida leyendo los libros que había sacado prestados. Sin embargo, en algún momento el lenguaje empezó a adquirir vida propia, y se le tornó ajeno. Se convirtió en una especie de punzón que por la noche la despertaba sobresaltada. Cualquier frase que ella dijera “dejaba traslucir, con la fría claridad de un trozo de hielo, la perfección y la imperfección, la verdad y la mentira, la belleza y la fealdad.” Sentía vergüenza de las oraciones que se desprendían de su lengua y de sus dedos. Quería vomitar, y gritar. El lenguaje que la había emocionado y fascinado se había transformado en algo hiriente. Había revelado un doblez, un peligro que claramente la concernía.
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