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Biblioteca Oscar Masotta

La biblioteca de la Escuela Freudiana de la Argentina

mes

marzo 2025

Discursividad

Por Alicia Hartmann

La muy mencionada conferencia de Michel Foucault ¿Qué es un autor? dictada por el filósofo francés el 22 de febrero de 1969 en la Societé Française de Philosophie está precedida por el trabajo de Roland Barthes La muerte del autor, donde el entonces colega de Foucault postula que todo texto escrito, una vez realizado, no pertenece al autor, sino que es patrimonio dela cultura universal, y sobre todo del lector. En este ensayo de 1967 Barthes pretende poner en duda la autoridad, la autoría que se le adjudica al autor y el significado único y último de un texto.

Más allá del preciso desarrollo de Barthes, que ha sido considerado “un gran pedagogo en el arte de escribir”, muchos son los pequeños textos reunidos en Variaciones sobre la Literatura, Variaciones sobre la Escritura, Ensayos literarios y otros. La referencia a Mallarmé se hace necesaria porque es quien descubre que es el lenguaje quien habla, y no el autor. Toda su poética suprime al autor en beneficio de la escritura.

Resumimos con una cita “un texto está formado por escrituras múltiples procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación, pero existe un lugar donde se recoge esa multiplicidad y ese lugar no es el autor, como se ha dicho hasta ahora, sino el lector. La unidad del texto no está un su origen sino en su destino.

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La religión capitalista: una lectura de «La ética protestante y el espíritu del capitalismo»

Por Pablo Di Giovanni

“Es poco dudoso que las generaciones del siglo XXII y las previas, esperémoslo, no sientan la misma turbación ante la inflación de la burbuja financiera, que enriquece al dinero y empobrece a los hombres, que nosotros ante los sacrificios humanos de las religiones andinas.”
Pierre Bruno, “Lacan pasador de Marx”

“Hay una cuestión con la deuda y una administración teológica de las cuestiones del mundo completamente vigente, y es groseramente evidente que la economía depende de una teología.”
Anabel Salafia, “El fracaso de la negación”

¿En qué nos concierne todavía hoy, a 120 años de su primera aparición en forma de ensayos, La ética protestante y el espíritu del capitalismo?

En principio, su lectura se enmarca en el diálogo abierto acerca de la ética en el Curso de Verano 2025 de la Escuela Freudiana de la Argentina “Discurso del psicoanálisis: ¿una ética para nuestro tiempo?”.

En segundo término, la idea de que una transformación en el plano de la teología, de la concepción de la relación del hombre con Dios, de la concepción de lo que Dios espera del hombre, puede tener efectos sobre las conductas y contribuir a una transformación de la realidad interesa en el punto en que puede ser leída en términos de la relación entre el discurso y el lazo social.

Una última cuestión, en sintonía con las dos citas que abren este texto, es que la lectura de La ética protestante contribuye a situar uno de los puntos, a mi juicio, centrales de la subjetividad de nuestra época que no puede ser dilucidado sin el psicoanálisis: el capitalismo que se presenta como sin salida, sin alternativa (1), no deja de traficar en su necesariedad un deber moral respecto de un Otro que exige una acumulación sin límites.       

Weber escribe este conjunto de ensayos en un momento en el que el capitalismo ya se impuso como modo de producción y transformó al mundo. Debe, entonces, hacer un esfuerzo para demostrar lo que ya en 1904 no es de ningún modo evidente: que el espíritu capitalista, que define en oposición a un espíritu tradicional, no es producto de un proceso de laicización, de un volcarse al mundo, como podría suponerse desde el sentido común, sino que es catalizado por modificaciones que se dan en el plano de la teología en el marco de la reforma protestante, y tiene en su origen una relación ascética, casi monacal (2), respecto al trabajo.

“… El summum bonnum de esta ‘ética’ (que es la adquisición de dinero y de cada vez más dinero evitando todo disfrute ingenuo), es pensado tan por completo desprovisto de punto de vista eudemonista o incluso hedonista, tan puramente como fin en sí mismo, que aparece como algo completamente trascendente e irracional frente a la ‘felicidad’ o al ‘provecho’ del individuo. El ser humano queda referido al lucro en tanto que objetivo de su vida; el lucro ya no está referido al ser humano en tanto que medio para el objetivo de satisfacer sus necesidades materiales de vida. Esta inversión del estado de cosas ‘natural’ (si es que se puede hablar así) que es completamente absurda para el pensamiento ingenuo, es un motivo conductor del capitalismo con la misma fuerza con la que es ajena al ser humano no tocado por el hálito capitalista” (3).

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